La utopía confiscada
De la
gravedad del sueño
a la ligereza del realismo*
Juan
Antonio García Borrero
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“Nos hace falta, como a vosotros,
resucitar a Don Quijote,
a nuestro ideal, que anda a
tajos
y mandobles con la farándula”.
Fernando Ortiz a Miguel de Unamuno
Finalmente
culminaron los noventa, esa década que, según no pocos cubanos,
fue la más larga del siglo. Se acabó la centuria – y de paso el
milenio –, y atrás quedaron no se sabe cuántas metas incumplidas,
cuántos anhelos frustrados, cuántas quimeras por consagrarse. El
progreso, o mejor, “la ilusión del progreso", siguió orientando
su trayectoria hacia lo superior. A pesar de la popularidad del
reclamo cristiano de que la perfección no es, como pregonaba la
tradición helénica, aspirar siempre a aquello que en apariencia
nos supera, sino en todo caso el descenso conciliador del poderoso
ante el débil, del enfermo ante el sano, o sea, la igualdad del
sentimiento humano, tal precepto no alcanzó a cumplirse como aseguran
que Dios manda. Los pobres siguieron siendo pobres; los ricos, cada
vez más ricos, por lo que tanto desaliento y ojeriza social hicieron
que, como nunca, se tornara visible la impresión de que ya no eran
imprescindibles los sueños colectivos, las grandes utopías dirigidas
a fomentar el bien común.
Desde los antiguos, la búsqueda de ese
bien común había hecho célebre la locución respice finem - que
significa "mira el fin" y sirve para expresar lo vital
que deviene al hombre plantearse siempre una meta, un fin último,
un ideal. Una de las reflexiones más conmovedoras que conozco sobre
el origen de las utopías, ese imperativo que se manifiesta en todo
ser humano como "la nostalgia por una vida más bella",
la escribió el holandés Johan Huizinga en su celebrado libro El otoño de la Edad Media,
al asegurar: "Toda época suspira por un mundo mejor. Cuanto
más profunda es la desesperación, causada por el caótico presente,
tanto más íntimo es este suspirar". (1) Ese mismo razonamiento
me permite intuir por qué, aunque ya sea cosa del siglo pasado,
la utopía fílmica latinoamericana de los
sesenta todavía sigue siendo, para no pocos, objeto de radical fervor,
y dentro de esta, el modo de hacerse cine en Cuba; y es que, cuando
lo mejor del cine cubano (lo que con el tiempo daría en llamarse
"el nuevo cine cubano") irrumpió por aquella época en
las pantallas, el planeta pregonaba su deseo de cambiar el look existencial y dejar atrás la cómoda grisura de complacemos con ser lo que ya éramos. Hablamos
de un decenio dionisiaco como han existido pocos, un decenio en
el cual una gran parte del mundo se empeñó en replantear los presupuestos
éticos que hasta entonces sostenían su comportamiento. La inmensa
masa de gente explotada entendió que la vida debía de organizarse
de otro modo, y el cine (espejo por excelencia del momento que se
vivía) no pudo sustraerse de la emoción de ser testigo y participante
de la euforia, del optimismo. Pero no de un optimismo de cosmético,
sino de un optimismo trágico, fecundante, que hacía del sacrificio
el principal resorte de la esperanza.
El cine latinoamericano de los sesenta
y setenta, el Nuevo Cine Latinoamericano, es sobre todo eso; no
importa la denominación por la que hoy le conocemos ("cine
imperfecto" de García Espinosa, "estética del hambre"
de Glauber Rocha, "cine liberación"
de Solanas y Getino, o "cine revolucionario
y popular" de Sanjinés), lo que le
identifica puede rastrearse en la común vocación de plantearse una
utopía: aquella en la que soñábamos que el espectador podía ser
algo más que una simple marioneta de las habilidades de alguien
que a su vez era manipulado por una moral tradicional, impuesta
por el sistema de turno.
Es ahí donde se encuentra la esencia
de lo que se quiere expresar cuando se habla con tanto entusiasmo
del cine latinoamericano de los sesenta, entusiasmo que, sicológicamente,
beneficiaba a todos, incluso a ese cine cubano que aparece con el
ICAIC y que, como se sabe, nació prácticamente de cero, pues a diferencia
de México o Argentina, no existía en Cuba una tradición cinematográfica.
Si bien directores como Ramón Peón o Manolo Alonso habían aportado
al patrimonio cultural de la nación pruebas de frenesí y algún que
otro filme de insólita envergadura (La Virgen de la Caridad
(1930), Siete muertes a plazo fijo (1950) o
Casta de roble (1953), faltaba una verdadera finalidad
plural que, a su vez, era el reflejo de la ausencia de lo que Lezama
Lima nombraba una teleología insular; o Jorge Mañach,
una querencia colectiva, insatisfacciones que no hacían más
que prorrogar aquella reflexión de José Antonio Ramos, cuando a
principios de la seudo república afirmara con énfasis lapidario:
“[..] no es nuestro pueblo una raza definida,
con abolengo y con dolores que le sugieran una aspiración común".
Así, en cuanto a cine, lo más que podía percibirse era el tropel
de anhelos acumulados en un pequeñísimo grupo de jóvenes (Tomás
Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa, Alfredo Guevara, entre otros),
quienes, desde espacios culturales como la sociedad Nuestro Tiempo,
intentaban denunciar y enmendar el vacío espiritual. El Mégano
(1955), con sus imperfecciones e ingenuidades formales, fue
el gesto que mejor testimonió esta ansiedad creativa.
La Revolución de 1959 aportó la ansiada
estrategia general, orientada a subsanar el "vacío de intencionalidad
colectiva en la vida cubana y el menester consiguiente en que los
cubanos estamos de preparar un amplio programa nacional, encaminados
a encauzar al país hacia un destino".(2)
Sin las propuestas y transformaciones
sociales y culturales generadas por el proceso revolucionario, el
sentido y la orientación no hubieran existido en la nueva expresión
estética; sólo a la luz de este fenómeno se puede explicar la relativamente
rápida consistencia del cine cubano, no obstante la mencionada carencia
de una rutina productiva. Y es que más allá de directores inexpertos,
de ansiedades juveniles de cambios, se estaba viviendo sobre un
soporte común existencial, en el cual la densidad de los sueños,
la textura de las aspiraciones, determinaban la cualidad del resultado.
Los cineastas de entonces pensaban que en el cine les iba la vida,
que el país podía salvarse de esta u otra artimaña del enemigo con
la consistencia del ideario fílmico que se pusiera en práctica,
o para decirlo con una frase de Julio García Espinosa: "disfrutaban
con la gran utopía de pensar que podían ser felices sin el inconveniente
de ser egoístas". Es esto precisamente -tengo la impresión-
lo que le falta al cine cubano de los noventa, o -para no ser reductor-
al audiovisual de los noventa: lo penoso del cine nacional es que,
justo en esta década y como en buena parte del cine mundial, también
nosotros hemos pasado, casi sin transición alguna, de la gravedad
del sueño a la ligereza del realismo. Es decir: hemos transitado
de la poética colectiva del cine cubano al conjunto invertebrado
de poéticas aisladas de los cineastas cubanos, empeñados en hacer
su cine, pero no el cine.
Toda tentativa de reflexionar acerca
del cine cubano de los noventa, arrastra consigo el peligro de la
desmesura, el riesgo de hablar de algo que casi no existe: ¿no sería
más conveniente reflexionar acerca de la obra de algunos cineastas
en particular en lugar de referirnos a tendencias o corrientes?
¿Puede reflexionarse acerca de una industria que todavía sufre los
embates de la peor crisis económica experimentada por el país y
que aportó en este período contados títulos de relevancia en el
contexto internacional? ¿Estaríamos hablando de la continuidad o
de la permanencia de un cine que, como en las tres décadas precedentes,
ofreció un todo revelador de una teleología colectiva o, por el
contrario, nos referiríamos a una filmografía fragmentaria que sobrevive
del recuerdo, que improvisa sin un programa real de autosuperación,
que justifica la carencia de originalidad creativa y de propuestas
renovadoras con lo intertextual o las
sustituye por la tendencia imitativa y el desmedido culto a la tradición
y a las expectativas del público?
¿No estaríamos hablando de un cine que,
ante la privación de un telos (un desenlace
previsto que lo guíe en el ascenso), en el mejor de los casos se
complace en repetir fórmulas de antaño, como si estas – dado el
antiguo crédito – por sí solas representaran la autenticidad y
con ello la trascendencia? Y si es así, ¿dónde quedó confiscada
aquella utopía renovadora y colectiva que posibilitó que Memorias
del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, l968) o
Lucía (Humberto Solás, 1968) figuren entre las mejores
películas de todos los tiempos, y que los nombres de Alfredo Guevara,
Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Santiago Álvarez o
Humberto Solás sigan siendo una suerte de quijotes?, ¿cuál es la
posición actual que ocupa el cine cubano dentro del conjunto de
expresiones artísticas que pulsan por sondear con profundidad una
realidad compleja por poliforme?; y si ya no forma parte de la vanguardia
estética, ¿por qué?
Cuando he querido responder algunas de
estas interrogantes, precisar los principales rasgos del cine cubano
de los noventa y los matices que permiten contraponerlo al formulado
con anterioridad, observo en su tendencia a la provocación su principal
virtud, y en la falta de sutileza, su defecto más notorio. Provocación
y sutileza fueron precisamente los rasgos que mejor definieron aquel
cine latinoamericano que hoy llamamos con altisonancia "prodigioso":
más que una militancia política explícita (que la había), el espectador
de cualquier latitud sentía que existía un compromiso con la vida,
esa que incluye nuestros dolores cotidianos, nuestros pequeños y
grandes triunfos, pero también nuestras decepciones humanas. La
provocación alcanzaba su forma en el decidido interés de hacer trizas
el modelo hegemónico de representación, el mismo que a través de
fórmulas adormecedoras contribuía a mantener entre los espectadores
lo que Nietzsche quizás hoy calificaría
de una impecable moral de rebaño. La sutileza se lograba con la
riqueza de los matices, con la armonía casi susurrante de los contrastes
que esa misma realidad prodigaba. En el equilibrio grácil de estos
elementos todavía radica la grandeza de aquel cine trasgresor y
poético.
El cine cubano de las postrimerías de
los ochenta insinuó no pocos de esos rasgos. Se ha dicho que los
noventa fílmicos comenzaron en la década anterior, y es cierto:
la renovación formal y conceptual que, de modo general, uno advierte
en la producción cubana de principios de los noventa, alcanzó a
hacer visibles sus primeros indicios con Papeles secundarios
(Orlando Rojas, 1989), y más que causas metafísicas o dictados místicos
se pueden encontrar razones concretas e históricas que explican
el canje: si todo cambio obedece a la necesidad de solucionar una
crisis, puede afirmarse que hacia esa fecha se hizo bien tangible
el desfase expresivo existente entre el lenguaje utilizado por la
plástica del momento (expresión artística que se encontraba a la
vanguardia) y el modelo de representación más bien naif
al que estaba apelando el cine del ICAIC. Asimismo, se tendrá que
tomar en cuenta la existencia e interacción de un cine alternativo,
representado por los cineclubes de creación,
el Taller de la Asociación Hermanos Saíz,
los Estudios Fílmicos de la FAR y de la Televisión, la Escuela Internacional
de Cine de San Antonio de los Baños, entre otros, que indiscutiblemente
representaban un cuestionamiento vigoroso al modo más bien amable
de presentarse "oficialmente" la realidad fílmica del
país, y por supuesto, todos aquellos acontecimientos internacionales
que – ya fuera con el nombre de perestroika o glasnost –, coincidían, al menos en propósitos
generales, con la convocatoria lanzada desde la Isla a una radical
"rectificación de errores". (3)
Los "realizadores de los ochenta
tardíos", quienes en sus primeras incursiones en la dirección
habían optado por un lenguaje políticamente correcto, exento de
paroxismos conceptuales y experimentaciones formales, hacia finales
de la década se inclinan casi todos por un cine menos complaciente.
De esta tendencia "incómoda" y, aunque irregular, todavía
colectiva, pueden mencionarse filmes como Plaff
(Juan Carlos Tabío, 1988), La inútil
muerte de mi socio Manolo (Julio García Espinosa,
1989), Papeles secundarios, La vida en rosa
(Rolando Díaz, 1989), Alicia en el pueblo de Maravillas
(Daniel Díaz Torres, 1990), María Antonia (Sergio
Giral, 1990), La soledad de la jefa de despacho
(Rigoberto López, 1990), Adorables mentiras (Gerardo
Chijona, 1991) o Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez
Alea y Juan Carlos Tabío, 1993). Bien
mirado, es un cine que, detrás de la pluralidad de intereses estilísticos,
revelaba una poética de trasgresión común; en cambio, el cine cubano
posterior a Fresa y chocolate carece de esa capacidad
de penetración profunda y balanceada; no es un cine de poética plural,
sino de muy inconexas y encontradas pretensiones individuales. Cierto
que en sentido general sigue siendo provocador (entendiéndose la
provocación en su comprensión más primaria o fenomenológica), pero
también en sentido general es poco sutil, y su realismo crítico
a veces es de una estridencia adolescente, pues gusta de apoyarse
más en las apariencias que en las esencias: no en balde a ratos
causa la impresión de un poderoso coro integrado por voces desafinadas,
voces vigorosas que han perdido el sentido de la armonía que, detrás
de la pluralidad de intereses, aporte la común vocación que todo
gran empeño artístico debe poseer, como la poseyó también en su
momento el Nuevo Cine Latinoamericano. Por ello, a partir de ese
instante, resulta más acertado hablar de individualidades significativas
dentro del cine cubano de ese período, y no así de un significativo
cine cubano de los noventa.
¿Cuál ha sido la meta última, la gran
meta que se propusieran alcanzar durante los noventa los cineastas
en Cuba?, ¿Cuáles han sido sus perspectivas ideológicas y estéticas,
incluyendo a los más jóvenes, esos que hacen lo que yo denomino
"el cine cubano sumergido"?: lo siento, pero no sé, pues
cuando los oigo hablar o intercambio impresiones con ellos, en el
grueso de las ocasiones suelo enterarme, con muchísima facilidad,
de las penurias que implica encontrar el dinero suficiente para
hacer el próximo filme, mas no así del pensamiento artístico y hasta
filosófico que anima el proyecto, tal como se acostumbraba a escuchar
en cualquier pasillo de esa institución insigne de nuestra cultura
que es el ICAIC. Puede ser que individualmente cada realizador se
preocupe por estar al tanto de las principales tendencias del cine
internacional, de los últimos aportes narrativos en el audiovisual
contemporáneo, pero al no existir un verdadero espacio de reflexión,
se produce la anemia gramatical que uno advierte en buena parte
de los filmes concebidos en los últimos años de la década más reciente,
así como el modo trasnochado de comunicar el conflicto o plantear
dramatúrgicamente las interrogantes. Podrá
replicarse: para un cineasta lo importante es hacer un filme y punto,
y a mí me gusta recordar siempre que más importante que el cine
es la vida, y que un cine ajeno a los misterios de la existencia
está condenado a cumplir el rol de narcótico efímero o prescindible;
luego, es esencial que el cine cubano (los cineastas cubanos) recupere
su otrora capacidad para hacer de la provocación y del debate otra
manera sutil de entender la realidad y, dentro de esta, entendemos
a nosotros mismos. Una provocación que sea capaz de despertar a
ese espectador-masa que, sobre todo gracias a Hollywood,
ha logrado al pedestal de lo intocable.
La existencia de ese sólido pensamiento
interior fue, desde siempre, el principal aval de la filmografía
cubana realizada en el período revolucionario y se puede apreciar
más allá de las notorias diferencias que cada década impuso en su
devenir. Tan colectiva fue aquella propuesta poética que en los
sesenta soñó con fundar una "nueva república de la imagen",
como la que en los ochenta priorizó el debate en torno a la ya saturada
dramaturgia del Nuevo Cine Latinoamericano y reconsideró regresar
al modelo menos trasgresor; igual la que, a finales de ese mismo
decenio, hizo realidad los llamados Grupos de Creación, o la que
luego del aquelarre de Alicia en el pueblo de Maravillas y
el anuncio de una posible desaparición del ICAIC, movilizó el sentido
de pertenencia de los cineastas con la firma de un documento que
anteponía a las diferencias, el interés común por salvar un espacio
colectivo de creación.(4)
Lo que quiero enfatizar es que, desde
sus inicios, el ICAIC se impuso su propia reflexión interna, ante
la clara conciencia de que era el debate entre los cineastas lo
que podía movilizar el pensamiento más fecundante, reflexión interna
que en los noventa se pierde.(5)
Ya fuera en los sesenta, en los setenta
o en los ochenta, el gran rasgo común lo reporta la contundente
voluntad de pensar el cine desde adentro. Eran los propios cineastas
(no los burócratas de la cultura) quienes comentaban, discutían,
orientaban y conciliaban las distintas tendencias que toda industria
cinematográfica debe con templar, y esto le aportaba (aun cuando
no fuera premeditada la búsqueda) una saludable coherencia al proyecto,
un equilibrio, un énfasis en el sentido de pertenencia a un ideal
que a la larga dimensionaba los resultados artísticos. No puede
considerarse accidental que precisamente a finales de los ochenta
comenzaran a avizorarse los rasgos de un cine que, cohabitando con
el más transparente (La bella del Alhambra
/ Enrique Pineda Barnet, 1989, Clandestinos
/ Fernando Pérez, 1987, Plaff),
por demás muy bien facturado, se propone una complejización en sus formas de narrar y explora provocadoramente
la realidad (Papeles secundarios, Alicia en
el pueblo de Maravillas, El siglo de las luces / Humberto
Solás, 1992), proceso de síntesis de ambas vertientes que alcanza
un precioso colofón con Fresa y chocolate, esa película
que, desde el conocido puntal aristotélico, descubre la universalidad
de su conflicto.
Supongo
que existan infinitas razones para entender y explicar por qué comienza
a desvanecerse esa interacción creadora entre los cineastas cubanos,
para en cambio imponerse la atomización y, en algunos casos, la
parálisis o el franco retroceso. Supongo que las razones sean múltiples
y complejas, y algunas jamás las llegaré a conocer, pero hay cinco
que me parecen las más evidentes:
a) la compleja coyuntura ideológica que
desde mediados de los ochenta comienzan a vivir las izquierdas en
el mundo y que concluye con el desplome del campo socialista;
b) la grave crisis económica que impacta
al país a partir de 1993, determina la ausencia de la tradicional
financiación de la producción cinematográfica por el Estado, y fomenta
de paso la coproducción;
c) la no estimulación de mecanismos de
discusión para encontrar soluciones o alternativas a la crisis entre
los propios cineastas;
d) la ausencia de una estrategia que
permitiera inyectar a la industria con los puntos de vista de los
más jóvenes, y
e) la enfermedad y muerte de Tomás Gutiérrez
Alea en 1995.
Quiero comenzar fundamentando esto último.
A principios del siglo anterior (ese siglo XX que todavía sigue
pareciendo el nuestro en muchos sentidos), George
Bernard Shaw
escribió algo que puede sonar verdaderamente atroz, sobre todo si
se llegara a comprobar la irrefutabilidad de la idea: "Los salvajes reverencian
ídolos de piedra y de madera; los hombres civilizados reverencian
ídolos de carne y hueso" (5) Más que un ídolo (es decir, un
fetiche intocable, invulnerable, que nunca se equivocó) siempre
he querido ver en Tomás Gutiérrez Alea un hombre excepcional, con
grandes aciertos y, también, con una gran capacidad para hacer de
sus errores, peldaños naturales de esa escalera cognitiva que permite
la ascensión de los seres a un nivel superior. Tal conjunto de virtudes
le concedieron un papel importante dentro del gremio de los creadores,
aun cuando no se reconociera su manera de hacer cine como el paradigma
exclusivo, y se entiende que su muerte, en un país donde su nombre
era asociado al cineasta de "más importancia", se revelara
a la vez como un signo de pérdida ideológica y estética casi irreparable.
No es que Titón fuera el non plus ultra del cine cubano, adjetivo
que le hubiera disgustado a él mismo, sino que a través de una personalidad
que sabía combinar el carisma aglutinante con la agudeza crítica,
todavía se posibilitaba dentro del cine cubano la existencia de
un referente que invitaba a la adhesión. No es gratuito que Fresa
y chocolate haya quedado en nuestro imaginario fílmico como
la gran cinta para superar, ya sea simpatizando con su estrategia
narrativa o negándola.
En realidad, con Titón
murió un espacio que defendió hasta el último instante el diálogo
entre las más diversas tendencias, que no excluyó a pesar de que
tuviera sus inevitables y humanas preferencias, y su cine hecho
en los noventa puede ser el mejor ejemplo a lo anterior. Fresa y
chocolate participa de la madurez narrativa que por esos años insinuaba
el cine cubano: no sólo ostenta la precisión técnica que ya a esas
alturas la industria había demostrado con creces, sino que su lenguaje
se hace cómplice de la sutileza semántica expuesta en sentido general
por la plástica de la época, y que filmes como Papeles secundarios,
Mujer transparente (M.Vilasís, H. Veitía, M.Segura, M.Crespo, A.Rodríguez, 1990) o Alicia en el pueblo de Maravillas
habían probado a insertar, con bastante fortuna, en sus respectivos
discursos. Cierto que la recepción de Fresa y chocolate
en el país y en el mundo entero, más bien hace énfasis en la belleza
de una anécdota que trasciende los límites de lo local y temporal,
para devenir en canto universal a la tolerancia, pero desde la perspectiva
dramatúrgica, el filme es también un punto
de avance, un aporte todavía estimable por insuperado en este período.
Su manejo del tiempo fílmico – en una historia que no quiere involucrarse
con una época específica sino en todo caso con lo perdurable, con
lo humanamente eterno – es de una sutileza y una elegancia que a
ratos recuerdan al mejor Antonioni, lo
cual, al tratarse de cineastas nada apolíneos como Alea y Tabío,
resulta un claro emblema de autodesafío.
Esa sutileza provocadora es la que, en sentido general, nunca figuró
en Guantanamera (T. Gutiérrez
Alea & J.C. Tabío, 1995), un filme
vulnerable no precisamente por la realidad que muestra, sino por
la forma en que la muestra, plagada de lugares comunes, redundancias
visuales y énfasis demasiado evidentes.
Si hablé de la muerte de Titón
como uno de los factores que más contribuyeron a la actual dispersión
de los objetivos de la cinematografía cubana, no lo hice como otro
modo de fetichizar de manera apologética
sus logros. En verdad (y en ello me identifico con el pensador cubano
Enrique José Varona), siempre he creído ver en la tesis emersoniana de "los grandes hombres como productores
de historia" un reduccionismo existencial.
El cine cubano es la suma de todo lo registrado ante una cámara,
y es ese cúmulo de impresiones, con sus aciertos o desaciertos,
lo que determina la grandeza o nulidad del proyecto. La virtud de
los grandes hombres reside en hacerles notar a los otros las grandes
aspiraciones, esas en las cuales el ser humano se descubre perennemente
insatisfecho de sí mismo, siempre deseoso de llegar a ser otro,
y en este sentido, el cine de Alea era el que mejor marcaba las
pautas, así fuera para negársele, si bien de hecho existían varias
tendencias en la cinematografía cubana de la época, evidenciadas
ya fuera con la presencia de los tres grupos de creación (liderados
por Titón, Humberto Solás y Manolo Pérez)
o con las poéticas más insólitas, más personales, que reportaban
el cine de Julio García Espinosa o Manuel Octavio Gómez, por citar
apenas dos.(7) Coexistían varias tendencias, es cierto, más estimular
al prójimo a crecerse sobre sí mismo, a sospechar de la placentera
operación en que puede devenir el acto de ser un simple imitador
de los cánones dictados por los centros metropolitanos o a desconfiar
de la infantil satisfacción que representa querer ser por siempre
lo que uno ya es, no todo el mundo puede asumirlo como misión: se
necesita además de talento personal, carisma, aptitudes heréticas
y, a su vez, sensibilidad para orientar el rumbo de los debates,
toda vez que la vida siempre será un compendio impresionante de
fuerzas encontradas, de tendencias contrastantes, y desde este ángulo
Titón (lo demostró primero con Memorias del subdesarrollo
y luego con Fresa y chocolate) fue quien con más fuerza
se hizo escuchar internacionalmente.
Evaluar ese cine cubano de los noventa
no sería más que describir el posible equilibrio o desproporción
de las diversas tendencias o intenciones que lo conformaron como
un todo. En el lenguaje de Husserl y en
la fenomenología en sentido general, toda acción humana es intencional
o tendenciosa pues se orienta a algo distinto de sí mismo: la voluntad
se dirige a la acción; el entendimiento, a las cosas; los apetitos
pretenden el objeto, y la conciencia lo es porque es siempre conciencia
de algo. Examinada en su conjunto, la cinematografía cubana de ese
período parece comenzar revelando una intención o apetencia activa,
que aprovecha su arte para concederle a esa realidad que examina
una dimensión más universal; en cambio, hacia las postrimerías de
la década esa tendencia se transforma en pasiva: se contenta en
recibir los estímulos de esa misma realidad y en mostrarla tal cual
es (o tal cual parece ser). Sin embargo, esta involución estética
no es, como algunas veces se ha pretendido justificar, únicamente
hija de la crisis económica que de repente impacta al país, sino,
en todo caso, es primero el resultado de una gravísima coyuntura
ideológica cuyo saldo negativo más tarde se ve incrementado con
el escollo pecuniario.
Tal vez sea Alicia en el pueblo
de Maravillas el ejemplo más triste, por concreto,
de las incidencias que las coyunturas de entonces ejercieron sobre
el quehacer fílmico de los noventa. La estética que pregonaba Alicia
en el pueblo de Maravillas y que tan furiosamente fuera
fustigada desde los medios oficiales de prensa, no resulta más renovadora
que lo que un poco antes había propuesto Papeles secundarios, o
incluso en otros períodos, filmes tan perturbadores como Memorias
del subdesarrollo o De cierta manera (Sara
Gómez, 1974), pero Alicia... sale a la luz en un momento
en que el mundo socialista cada semana daba síntomas crecientes
de desmoronamiento, y los detractores de la Revolución ensayaban
pronósticos con los cuales poner fecha conclusiva al proceso social
iniciado en 1959.
Alicia..., con sus incisivos señalamientos al burocratismo, la doble moral, el fraude,
la corrupción y otros males sociales contra los cuales la propia
Revolución había estimulado la lucha bajo el lema de la "rectificación
de errores", se convierte en el blanco desmesurado de periodistas
y ¿críticos? A quienes no les interesaba reparar, en esos instantes,
en los rasgos polisémicos que ha de ostentar
toda expresión auténticamente artística, sino sólo velar por la
claridad ideológica y la transparencia apologética (la única que
parecen entender ciertos funcionarios, al decir del Che); de allí
que el grueso de las reseñas, firmadas por personas que no ejercían
sistemáticamente la crítica cinematográfica, hiciera suyo el tono
ad hominen, peyorativo, en vez del análisis mesurado de una
obra que, superadas las circunstancias de su aparición, seguramente
no originaría ni la cuarta parte del revuelo promovido en esa ocasión.
"El caso Alicia", con el tiempo y como todo, resultó aleccionador
en más de un sentido, pero la incidencia en la posterior manera
de hacerse el cine en la década, tendría efectos más bien negativos,
paralizadores, porque inconscientemente promueve una estética que,
si bien es cierto no abandonará el interés por la realidad circunstante,
prefiere asumir el sondeo "critico" no a través de la
crónica directa, sino mediante la creación de mundos simbólicos
o paralelos a la realidad, al estilo de los recreados en Madagascar
(Fernando Pérez, 1994) o Pon tu pensamiento en mí (Arturo
Sotto, 1995). Para Orlando Rojas, uno
de los realizadores que a finales de la década anterior renovó con
más ímpetu la factura del cine cubano y, paradójicamente, no filmó
nada en el decenio posterior (la filmación de su posible filme Cerrado
por reformas fue detenida), el período de los noventa tal vez
resulte "una etapa tan mala como los setenta", aunque:
Lo que más me molesta en el cine de los noventa es la voluntad poética
manipulada. Esa "poesía" no surge ni de la historia ni
de los personajes ni del tema, sino que está impuesta. Es una voluntad
de poetizar a ultranza sobre para-realidades; entonces no es realismo
ni simbolismo ni nada: es la voluntad de escapar a un posible "arañazo".
Es la nada: crear sobre una falsa poética. Excepto tres o cuatro
buenas películas, no existe ni suficiente realidad ni suficiente
poesía. Es un cine que creo no va a ninguna parte pues no crea una
realidad nueva a través del arte ni es capaz de poetizar lo cotidiano
aunque sea desde el punto de vista íntimo.(8)
Cuantitativamente, los noventa significaron
para el cine cubano unos cuarenta filmes.(9) Si bien detesto cada
vez más las selecciones de "eruditos", por parecerme meras
compilaciones de estados de ánimo, frívolas pasarelas intelectivas
en vez de descartes rigurosamente racionales, me arriesgaré a mencionar
algunas de las cintas cuya impronta, desde mi modesto punto de vista,
determinaron o enfatizaron la tendencia más activa en la década
para el cine cubano: entre estas podrían estar Alicia en el
pueblo de Maravillas, María Antonia, Adorables
mentiras, El siglo de las luces, Fresa
y chocolate, Madagascar, Reina y Rey
(Julio García Espinosa, 1994), Amor vertical (Arturo
Sotto, 1997) y La vida es silbar (Fernando
Pérez, 1999).(10)
En sentido general, casi todos los implicados
en la creación y estudio del cine cubano convienen en reconocer
que los noventa pertenecieron a Fernando Pérez.(11) Tanto Madagascar
como La vida es silbar son reveladoras de esa intencionalidad
activa que comentaba anteriormente. La realidad de Cuba en las películas
de Fernando Pérez no es ese paisaje común y adocenado, lleno de
imponentes palmeras o mulatas fatales, sino una realidad más íntima,
profunda, acaso más presentida que sentida. Madagascar
puede ejemplificarnos con creces lo antepuesto. Su bellísima reflexión
en tomo a la comunicación humana en situaciones límites, es un relato
que deviene un poema, que prescinde de la lógica realista, para
armarnos un filme de esencias. Cuando cinco años más tarde el propio
Fernando Pérez nos entrega La vida es silbar, el cine
cubano habrá ganado uno de sus relatos más intensos y bellamente
filmados: sus historias que se entrecruzan, que hablan sobre la
búsqueda permanente de la felicidad, que reacreditan las posibilidades
utópicas del hombre y convierten a este en centro de cualquier beneficio,
más allá de altisonantes intereses colectivos, constituyen un llamado
de atención que parece indicarnos una verdad olvidada en esta época
de distensión intelectiva: la certeza de que podemos hacer un cine
entretenido sin necesidad de sacrificar lo inteligente.
Sé que en este caso el concepto de "entretenido"
será para muchos una verdadera vaguedad, pues cien años de cine
atados a los modelos novelescos de representación, han dictado las
supuestas reglas de la comunicación. Si por "entretenido"
se entiende sólo aquello que cumpla con el ABC aristotélico de la
presentación, desarrollo y desenlace, La vida es silbar
de alguna forma se nutre de todo lo contrario: de su decidida vocación
por desacralizar las estructuras narrativas más comunes y, paradójicamente,
de su radical interés por emocionar al espectador, por hacerlo cómplice
de las andanzas y desventuras afectivas de esos seres que se parecen
muchísimo a nosotros (léase los humanos, no sólo los cubanos). La
búsqueda de la emotividad más bien intimista, tal vez sea otro de
los signos más característicos del cine cubano de los noventa, y
aquí sí puede hablarse de una correspondencia mucho más congruente
con lo que sucede en la región, a partir de una reactualización
del melodrama mexicano a lo Arturo Ripstein:
películas como Hello
Hemingway (Fernando Pérez,
1990), María Antonia, Adorables mentiras,
las tantas veces mencionada Fresa y chocolate y Madagascar
o Reina y Rey, han optado por rescatar el tono melodramático
y la complicidad del sentimiento en historias que pretenden conmover
y luego hacernos reflexionar.
No es que las grandes interrogantes humanas
que logran trascender al ser concreto, para devenir inquietudes
universales, atemporales, no estuvieran presentes dentro de la filmografía
cubana de los noventa. Todo lo contrario: Humberto Solás, el creador
de Manuela (1966) y Lucía
(1968), indiscutibles clásicos del cine cubano, se propuso convertir
en imágenes las disquisiciones que Alejo Carpentier
había elaborado en El siglo de las luces. El resultado es
un filme impactante en lo visual, que aprovecha la irrefutable pericia
de su fotógrafo Livio Delgado para construir
un universo apabullante por la inmensidad de sus planos, lo estudiado
de sus encuadres, los movimientos de cámara y, en sentido general,
la imponente puesta en escena. Sin embargo, las inquietantes ideas
deslizadas por Carpentier en tomo al Hombre como eslabón minúsculo pero imprescindible
dentro de ese gran relato que se llama Historia, no alcanzan la
coherencia esperada. Con toda seguridad, la versión televisiva es
mucho más atenta a las transiciones que explican, en cada caso,
el devenir y destino de los personajes implicados en la trama. Solás
regresará tras las cámaras justo en el inicio del nuevo milenio
con Miel para Oshún (primera
experiencia de cine digital en la Isla), un filme que soslaya cualquier
pretensión de trascendentalismo para, desde un realismo que también
suscribe la búsqueda de la emotividad más inmediata, devolvernos
a los orígenes formales del director, es decir, a Manuela
y también al tercer episodio de Lucía.
Miel
para Oshún no es un filme perfecto.
Las películas las hacen los hombres, no los dioses. Los hombres
son imperfectos. Luego, todas las películas son imperfectas. La
evidencia que descansa en el anterior silogismo me permite descubrir
las limitaciones y aciertos de una cinta que no simula su deseo
de llegar al público a través de las emociones más simples y del
arrebato catártico que, en los cubanos y en cualquier ser humano,
puede provocar el examen de temas tan desgarradores como el desarraigo,
el exilio y la separación familiar. En los noventa, el tema exilio
/regreso había estado presente, a veces de manera explícita, otras,
tangencialmente, en trabajos como "Laura" (episodio de
Mujer transparente), de Ana Rodríguez, Vidas
paralelas (Pastor Vega, 1992), Fresa y chocolate,
Madagascar, Reina y Rey, La ola
(Enrique Álvarez, 1995), El Sardina (Manolo Rodríguez,
1996) y La vida es silbar. El tratamiento que
Solás le confiere al asunto no deja de ser, en sus inicios, verdaderamente
conmovedor, con imágenes y reflexiones que tal parecieran extendieran
las memorias del subdesarrollo cuarenta años después; pero hacia
sus veinte minutos posteriores, el filme se pronuncia por el reflejo
más bien chato del entorno, en un imprevisto cambio de tono que
en nada contribuye a fomentar la complicidad reflexiva prometida
en un inicio. La utilización del soporte digital en su rodaje, si
bien implica un acontecimiento histórico para la cinematografía
cubana, desde el punto de vista de lenguaje no resulta una renovación
ni siquiera en la obra de su realizador, quien había alcanzado mayor
desenfado visual en anteriores oportunidades, ayudado por la iconoclasia
de un fotógrafo como Jorge Herrera.
Otra de las películas que hizo suya una
interrogante de pretensiones más bien filosóficas, fue Pon
tu pensamiento en mí la desmesurada influencia de los mitos
en el imaginario colectivo, su manipulación y la necesidad que las
masas siempre tienen de reconocer un guía, un ser superior (llámese
Dios, Cristo, Napoleón o John Lennon),
son algunos de los blancos de este filme tan polémico como desconcertante.
La pésima lectura que el nazismo efectuó de Nietzsche,
además de su desoladora acritud para las grandes masas, hizo que
el ideario de este pensador que hacía "filosofía con el martillo",
de alguna manera siempre fuera excluido de nuestras discusiones,
pero el pregón de Nietzsche que anuncia la llegada de "modernas reses domesticadas"
es fácil de confirmar con sólo evaluar el consumo acrítico de tanta cultura del entretenimiento, de tantos deseos
de no pensar. El filme de Sotto dirige
hacia allí su mirada. La cinta es discutible más por razones de
narrativa que por los conceptos que encierra, aun cuando estos también
puedan prestarse a las más diversas reflexiones. En su debut en
el largometraje de ficción, y luego de aquel inquietante ejercicio
que fue Talco para lo negro (1992, su tesis de graduación
en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños),
Sotto se pronuncia por el relato de grandes
proporciones visuales, mucho más cerca de la tradición impuesta
por Humberto Solás en sus frescos históricos (Cecilia
/ 1982 y El siglo de las luces) que de la de Manuel
Octavio Gómez (Los días del agua / 1971), y
habla por primera vez en el cine cubano sobre la manipulación de
los mitos.
Se sabe que quererlo decir todo de un
golpe suele ser el handicap más común
entre aquellos que debutan en cualquier espacio comunicativo; es
la ansiedad típica de quien advierte que hay cosas importantes por
decir y que la vida es corta para oírlas en su totalidad. Este anhelo
legítimo, pero adolescente por ingenuo, pone en peligro la armonía
del discurso expresado, y en cine puede terminar relegando su razón
de espectáculo y la obligación impostergable de narrar una historia
donde la legibilidad (no la simplificación del lenguaje, sino la
transparencia que toda coherencia reporta) permita hacer pensar
desde la emoción al espectador. Así, habría que admitir que la narrativa
de Pon tu pensamiento en mí es dispersa en sus objetivos,
que se cubre de ropajes fastuosos pero no deja claro cuál es la
moraleja de cada personaje, aun cuando uno suponga que en sus conceptos
hay ideas tan primordiales como la de pronunciarse contra el pensamiento
cancelado. La principal limitación que le veo es su incapacidad
para conectar afectivamente con el auditorio, su creencia de que
una idea inteligente puede garantizar un filme inteligente, cuando
es el filme el que debe provocar las ideas sagaces, pues de lo contrario,
estaríamos hablando de cintas para filósofos, críticos, investigadores
que deseen confirmar conceptos previos con lo que la película muestre,
y no de cintas en su sentido literal. Es decir, el cine como promotor
de la imaginación.
De cualquier forma, en su momento hubiera
sido enriquecedor un debate a fondo de Pon tu pensamiento
en mí, pero es lamentable que los abundantes detractores
del filme apenas repararan en sus ambigüedades semánticas, y pasaran
por alto los posibles aportes narrativos del debutante Sotto.
A mí particularmente me parece que Amor vertical,
su segunda cinta, lo muestra mucho más atento a la historia, con
más deseos de relatar algo y obtener un determinado efecto emotivo
en el espectador. Aunque persiste la utilización de símbolos –
especie de obsesión postmoderna de Sotto
por jugar con lo que ya existe y más que crear, recrear –, puede
descubrirse una anécdota que, en su misma simplicidad (la búsqueda
frenética del amor), nos hace partícipes de las peripecias de los
protagonistas, y, a su vez, esa anécdota aparece límpidamente narrada.
Por otro lado, creo que Amor vertical, de alguna manera,
inició la tendencia que hacia finales de la década se hace predominante:
la que opta por la transparencia de sus estructuras narrativas,
su apego a cánones más bien cómodos y conflictos fácilmente reconocidos
por el gran público, y de la cual participan cintas como Kleines
Tropikana (Daniel Díaz Torres,
1998), Las profecías de Amanda (Pastor Vega, 1999),
Un paraíso bajo las estrellas (Gerardo Chijona,
1999), Lista de espera (Juan Carlos Tabío,
2000) y Hacerse el sueco (Daniel Díaz Torres, 2000).
No coincido con quienes ven en el fenómeno
algo peligrosamente nuevo y definitivamente dañino: el cine "ligero"
siempre ha estado presente en la filmografía cubana, incluso en
su llamada "etapa heroica" (recuérdense Las doce
sillas / 1962 o La muerte de un burócrata
/1966, ambas de Gutiérrez Alea). En todo caso, más que alarmarse
por la existencia de un cine operativo (que estoy de acuerdo con
que tiene que existir, toda vez que estamos hablando de un arte
industrial que requiere de un capital imprescindible para lograr
la realización de un "cine de autor o pensamiento"), lo
que provoca la alarma es el fomento de un cine que no es de autor
pero mucho menos es "comercial", pues apenas consigue
reembolsar en su periplo productivo internacional
la cuarta parte de lo invertido. Tengo la impresión de que es esta
una de las zonas de debate vírgenes, no ya en los noventa, sino
en toda la historia del cine realizado a partir de 1959. ¿Cuál puede
ser el cine cubano que interese más allá de las fronteras de la
Isla? ¿Cuál puede ser ese cine que divierta, sin concesiones, a
los cubanos, pero también a los españoles, a los franceses, a los
mexicanos? Lo ideal sería lograr el término medio arístotélico
(tantas de pensamiento, tantas de diversión), pero alcanzar tal
status ya el propio Aristóteles nos advirtió que se trata
de la gran faena.
El otro debate que se echa de menos en
los noventa es el intergeneracional, pues sí algo sobresale en el
cine cubano del período, es la casi radical ausencia de un diálogo
entre directores de trayectoria y aspirantes a ese oficio, algo
sí manifiesto a finales de los ochenta con la existencia del Taller
de Cine de la Asociación Hermanos Saíz,
por ejemplo: los cineastas jóvenes (exceptuando quizás a Sotto
y Enrique Álvarez) apenas se han podido alimentar de las enseñanzas
de los mayores, pues estos últimos parecen obsesionados con la amenaza
de no poder filmar más, y por supuesto, la posibilidad de ingresar
a la industria se convierte en otra suerte de sueño quimérico. En
octubre del 2000, la dirección del ICAIC auspició la feliz iniciativa
de convocar la Primera Muestra Nacional del Audiovisual Joven. El
propósito esencial era realizar algo así como un inventario de aquella
creación facturada al margen de nuestro principal centro productor
de memoria fílmica, que como se sabe no es el único. La Muestra
resultó un éxito en todos los sentidos: los jóvenes (algunos no
tan jóvenes como una primera impresión pudiera sugerir: Juan Carlos
Cremata o Jorge Molina, por ejemplo) expusieron
sus filmes, pero también sus puntos de vista, sus anhelos y, ¿por
qué no decirlo?, sus abundantes desorientaciones, y, a su vez, escucharon
lo que creadores como Humberto Solás, Juan Carlos Tabío, Nelson Rodríguez, Raúl Pérez Ureta,
Livio Delgado e Iván Nápoles les testimoniaban
desde sus propias experiencias, aunque es revelador que el grueso
de los directores ya "establecidos" dentro de la industria
apenas participaran en las exhibiciones y mucho menos en los debates
teóricos.
A pesar de que resulta bastante atrevido
hablar de un "novísimo, cine cubano", la Muestra sirvió
para detectar que, no obstante el entumecimiento de la producción
oficial en los noventa, se ha seguido garantizando la memoria audiovisual
de la nación a través del soporte digital, si bien igualmente en
este, en virtud de la falta de un centro aglutinante, es imposible
rastrear la conciencia de una misión de grupo. En realidad, no pocos
de los materiales presentados contienen gravísimos problemas de
narración, cuando no franca dependencia de modelos ya trasnochados
de representación, mas no ha de olvidarse que hablamos de directores
iniciados al margen de la industria, sin el apoyo material o teórico
deseable; aún así, descubro sensibilidad y deseos de aprovechar
los cánones para revertirlos y crear la impresión de novedad en
directores como Miguel Coyula (Clase
Z Tropical / 2000), Jorge Molina (Molina’s Test
/ 2001), Pavel Giroud (Manzanita.com
/ 2001), Aarón Vega (Se parece a la felicidad / 1998),
Hoari Chong
(Bien dentro de mi / 2000), Gustavo Pérez (Caidije,
la extensa realidad / 2000), Esteban García Insausty
(Más de lo mismo / 2000), Leandro Martínez ( ¿Me
extrañaste mi amor? / 2000) y Humberto Padrón (Los
zapaticos me aprietan / 1999,
Y todavía el sueño / 1999).
Precisamente de Humberto Padrón resulta
muy alentador el mediometraje Video
de familia (2001), su tesis de graduación en el ISA, además.
Interpretado por Verónica Lynn y Enrique
Molina, el filme conceptualmente prolonga el coloquio de Memorias
del subdesarrollo sobre el exilio, el desarraigo y otros
temas de gran universalidad, al mismo tiempo que de densidad emotiva
para el cubano de hoy, pero sobre todo llama la atención por la
soltura con la que el joven realizador esgrime una propuesta formal
donde logra conciliar la conciencia de estar viviendo la llamada
edad digital del cine y la necesidad de asumir inquietudes ancestrales,
algunas de ellas postergadas por nuestras películas más oficiales,
más "serias". En sentido general, los trabajos de los
jóvenes directores cubanos revelan las limitaciones típicas de toda
obra primeriza, pero, a su vez, resultan apreciables por el desenfado
con el cual intentan asumir sus puntos de vista ante la realidad,
y la clara vocación por la polémica con la que buscan renovar algunos
códigos ya anquilosados.
En otro conmovedor segmento de su monumental
obra El otoño de la Edad Media nos ha dicho Huizinga:
"Nada ha contribuido tanto a extender el sentimiento de temor
a la vida y de desesperanza ante los tiempos venideros como esa
ausencia de una firme y general voluntad de hacer mejor y más dichoso
el mundo". (12) Precisamente en medio de un mundo que hoy ha
proclamado el fin de tantas cosas (incluyendo el fin de los fines),
sería importante para el cine cubano resucitar aquel íntimo ideal
colectivo de transgresión fecundante,
en tanto tal vez sea este el único remedio a tanto mal financiero;
transgredir no cuesta caro, y como se demostró en los sesenta, la
ganancia cultural, en cambio, puede ser descomunal: pero transgredir
con imaginación, por supuesto. Y advierto que no se trata de vivir
esclavizados a ese pasado espléndidamente transgresor que algunos, a través de trasnochados sueños,
ya se han colgado a sus espaldas como un fardo, pues para seguir
con Huizinga, el camino de la simple añoranza "es el camino
más cómodo, pero marchando por él, se permanece siempre a la misma
distancia de la meta".(13)
En todo caso, mirar atrás nos serviría
para preguntar por qué hoy significan tanto las películas latinoamericanas
que otrora aclamamos como nuestros clásicos; ¿qué fue, si no la
gravedad de aquellos sueños colectivos, lo que determinó entonces
que el cine regional (incluyendo el cubano) alcanzara resonancias
universales, privilegio que hoy mismo extrañamos con peculiar misticismo
pero que apenas nos preocupamos por reeditar? ¿No eran realmente
películas prodigiosas, es decir, películas que nos siguen invitando
a un diálogo más allá del contexto espacial y temporal que las originó,
o se han convertido en pesadísimos bultos que una y otra vez nos
sentimos obligados a imitar y, por tanto, miramos más con hastío
que con gratitud?, y sobre todo, ¿por qué algunas de ellas siguen
siendo influyentes y aparecen ante nosotros una y otra vez citadas,
recontextualizadas, manipuladas, criticadas, exaltadas, distintas
y nuevas a pesar de ser las mismas? ¿No será que en el fondo todo
pasado es el futuro espiado a través de un espejo retrovisor?
De allí que ante ese falso optimismo
que sugiere el vivir satisfechos con la estéril autocomplacencia,
convenga preguntarse dónde quedó confiscada aquella utopía fílmica.
Alguien muy querido me preguntó, suspicaz, a qué me refería cuando
hablaba de "utopía confiscada": ¿confiscada por quién,
por qué? Para mí está muy claro: el modo quijotesco en que se quiso
hacer cine en Cuba, en Latinoamérica, el modo en que nos empeñamos
en hacer realidad nuestra propia utopía cinematográfica, está siendo
relegado a ese oscuro rincón donde el espectador cada vez más promedio,
cada vez más espectador-masa, amenaza con no dirigir nunca más la
vista. Confiscar los sueños de la periferia siempre ha salido ser
el mecanismo de defensa con el cual la gran Academia del Buen Gusto
convierte en zonas higiénicas, inofensivas, las incomodidades del
perímetro, y nosotros (incluso sin percatamos) pudiéramos estar
contribuyendo a ello con nuestra actual inercia. Fíjense que digo
confiscada: no anulada. Confiscar en este caso significa retener
temporalmente los sueños personales de la gente con la coartada
de que ya otros (con más recursos) están gastándose una millonada
para hacer del mundo un gigantesco "Parque Jurásico" y
diseñamos, a la perfección, las fantasías que nos convienen a todos
(no las que necesitamos expresar de manera individual). Suerte que,
animales utópicos al fin, igual se sabe que las utopías se encubren,
se confiscan, pero nunca desaparecen del todo. Las utopías son como
esos ríos que en algún momento ocultan su curso y reaparecen un
poco más allá, tal vez más crecidos, más vigorosos: las utopías
nacen, se esconden, y regresan, y retornan, y así hasta el infinito...
El
texto es parte del libro La edad de la herejía, publicado
en el 2002,
por la Editorial Oriente de Santiago
de Cuba.
Juan
Antonio GARCÍA BORRERO
(n. Camaguey, 8/ Septiembre/ 1964) Autor de los libros ¿Quién
le pone el cascabel al Oscar? (Editorial Oriente y Editorial Veracruz),
Guía critica del cine cubano de ficción (Editorial
Arte y Literatura), La edad de la herejía (Editorial Oriente)
y Rehenes de la sombra (Casa de América de Madrid, Festival
de Huesca). Ha preparado antologías como La ciudad simbólica
(Editorial Acana), Regreso a la ciudad simbólica (Editorial
Acana), La dictadura de los críticos (Editorial Acana), Julio
García Espinosa: las estrategias de un provocador (Casa de
América de Madrid). Actualmente prepara, junto a Mirtha Ibarra,
el epistolario inédito de Tomás Gutiérrez Alea,
y otro libro nombrado "Historia(s) del cine cubano". Forma
parte de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica.
Notas:
(1). Séptima edición, Selecta de la
Revista de Occidente, España, 1967, p. 50.
(2) Jorge Mañach. “Palabras preliminares", en Diálogos sobre
el Destino de Gustavo Pittaluga Editorial Sudamericana, 1953, p. 11.
(3) En el IV Congreso de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba, el entonces vicepresidente del Consejo
de Estado y miembro del Buró Político, Carlos Rafael Rodríguez pronuncia
un discurso del cual el siguiente fragmento puede ser revelador
del espíritu cultural prevaleciente en la época : "La Revolución
a que se llama a servir al escritor y al artista no es una acotada
en la que caben sólo apologistas y acólitos. [ ... 1 No debemos
olvidar sin embargo, que aunque el liberalismo es peligroso y la
complacencia inaceptable, más peligrosos todavía, en el terreno
de la cultura y la ciencia, son la intolerancia y el dogmatismo.
Aquellos no pueden penetrar – por su signo político – en nuestra
unida y fuerte Revolución. Pero si no vencemos el dogma, nos corroerá
y nos cerrará el camino hacia la amplia y noble cultura del socialismo,
en la cual la del Hombre tiene que ser, como la proclamaba Máximo
Gorki, una hermosa palabra". En La Gaceta de Cuba,
p. 7, marzo de 1988.
(4) Las dieciocho personas que integraron
la comisión y firmaron los documentos de discrepancia con la decisión
oficial fueron: Santiago Álvarez, Rebeca Chávez, Guillermo Centeno,
Enrique Colina, Rolando Díaz, Daniel Díaz Torres, Ambrosio Fornet, Tomás Gutiérrez Alea, Juan Padrón, Senel Paz, Fernando Pérez, Manolo Pérez, Mario Rivas, Orlando
Rojas, Jorge Luis Sánchez, Humberto Solás, Juan Carlos Tabío y Pastor Vega.
(5) No en balde un realizador como Eduardo
Manet, en la temprana década de los sesenta,
suscribía una reflexión como la siguiente: "Opino que ya es
hora de que cineastas, actores, fotógrafos, sonidistas,
escriban y discutan sobre problemas que les conciernen. Ya sabemos
que nuestra crítica es inepta en ocasiones, frívola casi siempre,
paternalista en más de una oportunidad; ya sabemos que mientras
casi nadie escribe críticas o ensayos sobre filosofía, literatura,
artes decorativas, todo el mundo piensa poseer las condiciones necesarias
para convertirse en crítico cinematográfico. Eso no es negativo,
indica más bien la fuerza enorme, la importancia capital del cine
en nuestro tiempo. Lo negativo es que la gente que puede hablar
con una base sólida, no habla (o habla por los pasillos) y que se
espere la llegada de algún crítico extranjero para que nos saque
a la luz nuestras deficiencias. Hay una posición cómoda y hasta
me atrevería a decir cobarde en el no participar, activamente, en
discusiones que son sanas y urgentes". Manet,
Eduardo. "Juan Quin Quin
y sus aventuras (después del estreno ... )", Cine Cubano,
no. 38, p. 46, julio 1968.
(6) Manual del revolucionario y las
máximas para revolucionarios, La Bolsa de los Libros, Montevideo,
1923, p. 80.
(7) Sobre los Grupos de Creación y su
influencia en la producción de entonces el cineasta Manolo Pérez
ha dicho: "Yo no creo que los grupos hayan sido la maravilla,
que fueran la solución a todos los problemas. Incluso en una entrevista
que hizo Cine Cubano a los directores de los grupos, en el momento
de su creación, creo que yo fui el más cauteloso ante el reto que
enfrentábamos, pero te repito que la experiencia en general fue
favorable, a pesar de que la llegada del período especial y la crisis
desatada por Alicia interrumpieron su labor precisamente cuando
podían empezar a madurar sus resultados. Los grupos no eran un dogma.
Como se sabe, fueron constituidos de forma absolutamente voluntaria,
al extremo de que algunos compañeros jamás pertenecieron a ninguno
de los tres, y prefirieron seguir discutiendo sus proyectos directamente
con la dirección del ICAIC. Y creo que las discusiones en los grupos
dejaron una huella positiva en algunas películas". Véase entrevista
de Arturo Arango ("Manuel Pérez o el ejercicio de la memoria")
en La Gaceta de Cuba, no. 5, año 35, p. 13, septiembre/octubre
1997.
(8) Dean Luis Reyes. "Conversación con Orlando Rojas: una
década después, el arte sigue siendo incómodo", Cine Cubano,
no. 149, p. 37.
(9) Aunque en otras ocasiones he insistido
en la necesidad de desempobrecer ese concepto de cine cubano que
sólo toma en cuenta lo realizado por el ICAIC, por razones de espacio
hemos limitado este análisis a la producción de ese centro productor,
quedando excluido lo que llamo "el cine cubano sumergido",
es decir, la producción de los cineclubes
de creación, la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San
Antonio de los Baños, etc. Para obtener una idea de la amplitud
de esta producción véase el índice cronológico del cine cubano anotado
en: Juan Antonio García Borrero. Guía crítica del cine cubano
de ficción, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2001, pp.
373-380.
(10) Cuando hablo de "tendencia
más activa" dejo intencionalmente a un lado las posibilidades
de polémica, a favor o en contra, que en cada caso pueda levantar
un filme cubano, toda vez que ya resulta un lugar común advertir
que para el espectador de la Isla hablar mal o bien de su
cine es una suerte de deporte nacional o fervor místico: todo
el mundo se siente en la obligación de comentar las incidencias
aunque no domine las reglas ni sepa demasiado de la técnica. Bajo
esa óptica, pudiera apreciarse también como tendencia activa
las reacciones no pocas veces^ airadas
provocadas por filmes como Vidas paralelas, de Pastor Vega;
Guantanamera, de Gutiérrez Alea
y Tabío; Pon tu pensamiento en mí,
de Arturo Sotto; La ola, de Enrique Álvarez; Las profecías de Amanda,
de Pastor Vega, o Un paraíso bajo las estrellas, de Gerardo
Chijona, para citar algunas de las cintas
menos o nada favorecidas por la crítica en el período. Cierto que,
a veces, es hasta más provechoso ser vapuleado que pasar inadvertido,
como sucedió con otros filmes de la década que ahora mismo no recuerdo
si en verdad existieron en alguna pantalla o en un mal sueño, pero
no es a ese tipo de "posibilidad activa" al que deseo
referirme.
(11) A mediados de marzo del 2001, la
Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica dio a conocer los
resultados de una encuesta convocada entre sus miembros con el fin
de seleccionar los filmes cubanos más representativos de los noventa,
así como los directores más destacados del período. Dieciséis filmes
fueron mencionados por los especialistas, correspondiendo los tres
primeros lugares a Fresa y chocolate, Madagascar y
La vida es silbar; mientras que Fernando Pérez era seleccionado
el director de aportes más relevantes. También en la encuesta registrada
en la Guía crítica del cine cubano de ficción, páginas 30
y 33, puede apreciarse el interés de los estudiosos por la obra
de Fernando Pérez, al incluir sus filmes Madagascar (lugar
4) y Clandestinos (lugar 28) entre las películas cubanas
más significativas de todos los tiempos...
(12) P. 60
(13) Idem
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