Cine latinoamericano en
París:
más que invitado de honor,
un amigo de la casa
Pamela Biénzobas
Desde
Buenos Aires hasta la Ciudad de México, de Río
de Janeiro a Lima, los cinéfilos de América
Latina solemos quejarnos de las pocas posibilidades de ver
nuestro cine. Pamela Biénzobas añade datos a
nuestra envidia con la oferta cinematográfica latinoamericana
en París
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Si
algo ofrece el panorama cinematográfico de París es variedad. En
un momento cualquiera, la cantidad de títulos disponibles para ver
en salas y sobrepasa fácilmente la centena de películas recientes,
a lo que se suma otra cincuentena de clásicos y reposiciones. Eso
sin contar las retrospectivas y ciclos temáticos que por sí solos
pueden aumentar la oferta semanal en cien o doscientos títulos más.
En ese contexto, no es extraño que haya
una permanente presencia latinoamericana, ya sea a través de estrenos
a gran escala –como la cinta brasileña Cidade de Deus, de
Fernando Meirelles, que lleva meses en cartelera-, de éxitos de
los últimos años como Amores perros, de Alejandro
González Iñárritu, o Y tu mamá también, de Alfonso
Cuarón –ambos compartiendo un ciclo de cine mexicano con Arturo
Ripstein-, o de creaciones recientes como las películas argentinas
Bonanza, de Ulises Rosell y Extraño, de Santiago Loza.
Lo
destacable es que no se trata de funciones relegadas a pequeñas
salas independientes o locales especializados - que existen, como
por ejemplo el cine Le Latina, que pronto presentará una retrospectiva
de Eliseo Subiela, y cuyo público ha aumentado en diez por ciento
el último año-, sino que muchas veces, como el actual ciclo La
nueva ola argentina, se encuentran en cómodas multisalas al
lado de las últimas superproducciones de Hollywood. Es decir, a
la vista y al alcance de todo el público.
Por supuesto que la oferta latinoamericana
sigue siendo minoritaria y en cierta medida “novedosa”. ¿Pero acaso
no lo es incluso en nuestros propios países? Aunque en los últimos
años esté habiendo un mayor intercambio en algunas partes del continente,
aún no es fácil ver mucha de la escasa producción de los propios
vecinos; al menos no más fácil de lo que lo que resulta verla en
París. Y como una de las grandes vitrinas del cine iberoamericano
es precisamente el circuito de festivales, especialmente de Europa,
muchas de las cintas son accesibles por a este lado del Atlántico
antes de encontrar distribuidores en su región de origen.
Claro que no todo llega, y quienes busquen una obra en particular,
actual o antigua, pueden encontrarse con las mismas dificultades
que en cualquier otro lugar. Pero sí es probable que la cantidad
y variedad de películas latinoamericanas presentes en un momento
dado en París sean mayores a la que se encuentre al mismo tiempo
en cualquier capital del continente americano. Al igual que ahí,
las filmografías más representadas en la cartelera parisina tienden
a ser la argentina y la mexicana, con una presencia esporádica de
otros países de menor producción. En ese sentido, la presencia brasileña
actual no parece corresponderse con su producción. Sin embargo,
no se trata de desinterés o desconocimiento, ya que no es raro encontrar
títulos clásicos en ciclos y retrospectivas, o, por el contrario,
obras nuevas invitadas a participar en festivales. Por ejemplo,
en la versión recién pasada del Festival de Cannes, en 2003, hubo
filmes brasileños en las competencias de largo Carandiru
(Héctor Babenco), cortometraje A janela aberta (Philippe Barcinski) y en la Quincena de los realizadores Una película
de amor (Julio
Bressane).
Y durante el verano, los espectadores de un masivo festival
de cine al aire libre se encontrarán con Memorias de la cárcel,
de Nelson Pereira dos Santos, compartiendo el programa con clásicos
como Kurosawa y Satyajit Ray o éxitos recientes como Gangs
of New York de Scorsese.
Una
grata consecuencia del hecho de que los parisinos estén acostumbrados
desde hace años a un cierto contacto con el cine de todo el mundo
es que en la mirada que se le da a la producción latinoamericana,
más allá de la novedad, pareciera estar ausente el elemento “exótico”.
Un cierto conocimiento, en mayor o menor profundidad, de nuestro
pasado fílmico permite un tono de familiaridad en el tratamiento
de la prensa, siempre dispuesta a destacar los estrenos y eventualmente
entrevistar a los directores, aunque se trate de lanzamientos de
apenas un par de copias.
El
interés y la cercanía son especialmente notorios en el caso de Argentina,
lo que se refleja tanto en la presencia en la cartelera y en los
medios, como en el tono en el que se habla. Así, mientras en eventos
y festivales no faltan representantes (basta ver la participación
de ese país en Cannes, donde incluso Juan Solanas se llevó el Premio
del Jurado de cortometrajes con El hombre sin cabeza),
diarios y revistas han transformado nombres como los de Lucrecia
Martel o Pablo Trapero, o el fenómeno del Nuevo Cine, en
referencias casi habituales en sus páginas. Un ejemplo concreto
que pudieron apreciar los asistentes a Cannes fue la página entera
dentro del suplemento especial de Le Monde, en que se trataba no
sólo de las películas argentinas en el festival, sino que también
se cubría algo que podría parecer tan ajeno a los franceses como
el manifiesto del Proyecto Cine Independiente.
El
punto es precisamente que en una ciudad cinéfila como París, el
cine latinoamericano puede ser comparativamente escaso, pero no
ajeno. No va a competir ni con los Estados Unidos ni con Francia,
pero tampoco va a encontrarse relegado a un gueto.
Pamela Biénzobas es licenciada en Comunicación Social de la Escuela de Periodismo
y diplomada en Realización Cinematográfica en la Facultad de Artes Plásticas de la
Universidad de Chile. Periodista y crítico freelance, ha escrito de cine en diarios,
publicaciones electrónicas y revistas, tales como Diagonal Cultura, TVN.cl,
Rocinante y FilmFestivals.com. En 2002 fundó el colectivo Mabuse (www.mabuse.cl),
que reúne a periodistas y críticos de cine chilenos y que funciona además como
la sección nacional de Fipresci. Actualmente es corresponsal en París de revistas
Cosas y Rocinante.
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