El cine iberoamericano
y sus festivales
Jon Apaolaza
¿Cuál
es la vía de promoción para un cine que es difícil
de ver aún en su país de origen? Festivales
especializados contesta Apaolaza que ha visto como el cine
iberoamericano cambió de un producto artesanal de mediana
calidad a uno que puede competir en cualquier lugar del mundo.
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Para los cineastas iberoamericanos, los festivales cinematográficos se
han convertido en su principal ventana al exterior. Este llamado
"circuito" (la participación en un certamen importante
inicia casi siempre el “efecto dominó” con invitaciones a otros
posteriores) es importante a la hora de hallar distribución en los
mercados foráneos, e incluso a veces en el propio si se carece de
él. Para el realizador del filme que viaja por los festivales internacionales,
posibles premios o buenas críticas son una forma de promoción personal
y profesional, y la oportunidad de adquirir contactos con productores
que faciliten la continuidad de su carrera. En resumidas cuentas,
pasear nuestras películas por el mundo es útil, necesario y muchas
veces rentable.
El cine iberoamericano ha adquirido en las últimas dos décadas una carta
de naturaleza internacional de la que antes carecía o sólo lograban
títulos determinados y espaciados en el tiempo. Recuerdo como las
primeras cintas latinoamericanas a las que tuve acceso en el Festival
de Huelva allá por su décima edición, - la del 2003 fue la vigésima
novena- estaban muchas veces mal filmadas, con un pésimo sonido
y una actuación cuanto menos discutible. Lo que entonces era excepción
ahora se ha convertido en regla. Ya no se consideran los cineastas
justificados por la falta de medios para hacer productos más propios
de aficionados de fin de semana que de verdaderos cineastas. Las
escuelas han proliferado y la técnica del cine en español no tiene
ahora nada que envidiar a la europea o norteamericana, por mucho
que los medios económicos sigan siendo evidentemente inferiores.
Aparte, podríamos decir que el talento latino ha superado fronteras.
Bien conocido es el fenómeno Almodóvar, o los recientes booms
del joven y no tanto cine argentino (Nueve reinas
o El hijo de la novia) y del mexicano (Amores
perros, Y tu mamá también, El crimen
del padre Amaro...).
¿Cuál
es la acogida de este nuevo cine iberoamericano en los grandes festivales?
¿Es ésta acorde con su actual calidad? Evidentemente, la respuesta
debe ser negativa en el caso de Cannes, un coto para el cine francés
primero y el norteamericano después, que prefiere programar en su
apartado rey, la competencia por la Palma de Oro, discutibles cintas
galas o asiáticas antes que dialogadas en español. No es demagogia
ni un análisis subjetivo: Según un informe coincidente con la última
edición del certamen de la Costa Azul elaborado por la redacción
de la web informativa Noticine.com, en los últimos 10 años, de las
más de 220 películas que concursaron en Cannes, solamente 7 estaban
habladas en nuestro idioma. Si quieren añadirles las brasileñas,
seguiríamos sin llegar a un 0,5% del total programado.
Algo mejor es la situación en los festivales de Berlín o Venecia, donde
al menos hay una representante latina cada año en busca del Oso
y el León, respectivamente.
La política de San Sebastián -y aquí entramos por fin en el tema principal
de este artículo- ha variado mucho en los últimos años. Aunque siempre
fue receptiva en primer lugar al cine español, pero también al mexicano
y argentino, ha optado en sus últimas ediciones -y de manera aún
más radical parece que en la de este 2003- por destacarse entre
los llamados festivales de "clase A" como adalid del cine
iberoamericano.
La motivación no es altruista, sino lógica. San Sebastián, bajo la dirección
de Diego Galán - y desde hace dos años por Mikel Olaciregui- tocó
techo internacional. El mundo de los grandes festivales es un coto
cerrado en el que los cambios son difíciles y cuestan millones.
El certamen donostiarra tiene importantes ciclos, con frecuencia
rutilantes invitados y mucho público, pero no puede ir mucho más
allá en dos elementos complementarios: el verdadero interés de su
sección oficial -sobre todo su número de estrenos mundiales de calidad-,
y la cobertura por parte de los grandes medios de comunicación extranjeros.
Mejorar su actual estatus es si no imposible al menos muy difícil.
¿Por qué no, entonces, recurrir a las nuevas películas en las que
muchas veces no se fijan Cannes, Berlín o Venecia? Los productores
latinoamericanos conocen y tienen mucho más mitificado a San Sebastián
que sus colegas de otras culturas, y la relación es por tanto privilegiada.
Por fin este año se ha producido en el certamen vasco un cambio por el
que clamábamos desde hace tiempo: la desaparición de Made in
Spanish como un cajón de sastre en el que convivían estrenos
latinoamericanos con filmes españoles ya comercialmente conocidos.
A partir de ahora habrá un monográfico anual con nuevos filmes latinos
llamado Horizontes.
Por
otro lado, la sección oficial -la verdaderamente importante empezando
por el interés que le dedica la prensa- ya mostró el año pasado
una inclinación más que notable por los cineastas que ruedan en
español, como Sorín, Carrera o Aristarain, y probablemente éste
se repita y prolongue en el tiempo. Gracias al estreno mundial de
grandes películas latinas el Festival de San Sebastián puede subir
enteros en el panorama internacional de los festivales. Sería el
punto de referencia mundial para conocer lo mejor entre lo nuevo
hablado en español, y en eso superaría a Cannes, Berlín o Venecia.
El problema -ninguna moneda tiene sólo cara- es quien pierde con esta
apuesta donostiarra... obviamente, Huelva. El festival que fundó
José Luis Ruiz fue el primero en lanzar en España a muchos grandes
cineastas del otro lado del océano. Cuando ni desde el "colega"
del norte ni desde casi ningún otro certamen europeo se miraba a
América Latina, Huelva presentaba y muchas veces estrenaba mundialmente
su cine.
Envuelto en una crisis de difícil salida, que se inició en su vigésima
quinta edición -la de 1999- por la nefasta gestión de Francisco
López Villarejo, quien dejó un déficit de unos 300.000 dólares y
llevó a cabo ciclos y homenajes tan peculiares como un homenaje
a la ex actriz, cantante y fenómeno televisivo Carmen Sevilla, antes
de ser despedido en enero del 2002, el certamen onubense está en
mala disposición para luchar frente a la conquista de terreno por
parte de San Sebastián. Su nuevo responsable, Salvador Augustin,
a pesar de los positivos resultados de la última edición, se ha
visto forzado a dimitir al no resolver la Fundación que rige el
certamen el pendiente tema de ese déficit heredado, una losa de
la que nadie -ningún político- parece dispuesto a pedir responsabilidades
al cesado Villarejo.
A la hora de redactar este texto, parece consolidarse como candidato
el director de fotografía Porfirio Enríquez, candidato único propuesto
por el Ministerio de Cultura. La
relación del riojano Enríquez, con el mundo de los festivales se
inició al ser uno de los fundadores del Festival Madrid Imagen,
organizado por la asociación española de directores de fotografía
(AEC) y luego se prolongó como director de la Semana de Cine Iberoamericano
de Villaverde, pequeño certamen en un barrio madrileño, que recientemente
clausuró su tercera edición.
El espacio natural para el cine latinoamericano en España y Europa es
Huelva. Debemos aceptar que competir en las secciones oficiales
de los grandes festivales del mundo (incluido San Sebastián) es
más atractivo para un productor o cineasta latino que hacerlo en
el certamen andaluz, pero desde luego entre participar en la nueva
sección del donostiarra o concursar en Huelva, la segunda decisión
es la más acertada, por la mayor repercusión que se puede obtener.
Sin embargo, en este momento, la gran cuestión es cuál puede ser el gran
festival internacional del cine iberoamericano. Con Huelva -el que
debería aspirar a ese título en primer lugar por historia y presupuesto-
en crisis, los restantes conocidos (La Habana, Cartagena, Biarritz,
Trieste, Guadalajara, Los Angeles, Chicago...) convertidos en repetidores
de lo ya visto en los grandes no especializados y de lo que programa
su teórica propia competencia, el puesto permanece vacío. Nos falta
espacio para detallar las características positivas y negativas
de cada uno de ellos, pero al menos recordemos que si La Habana
fue en su día referencia, la crisis económica que afecta desde hace
años a Cuba y la práctica desaparición de su mercado le han convertido
en una especie de resumen del año con muy escasas novedades.
Se pueden buscar excusas, pero lo evidente es que hoy por hoy falta un
certamen orientado monográficamente hacia el cine latino que busque
-como lo hace el número uno internacional, Cannes- los estrenos
mundiales, ese nuevo cine en español que nadie ha visto antes en
algún lugar del mundo. Quien puede no sabe o no quiere hacerlo.
No basta con tener dinero, por supuesto es necesario, sino sobre
todo conocimientos, voluntad y trabajo. Lo fácil es conseguir esas
películas -buenas sin duda- que ya han pasado por medio mundo. Y
así nos va...
Jon
Apaolaza es periodista y escritor. Nacido en
San Sebastián (España), ejerce el periodismo fundamentalmente en
prensa y radio desde 1979. Ha trabajado en la organización de varios
festivales de cine, dirigiendo el de Huelva en 1998. Fundó el primer
semanario de cine iberoamericano en Internet, Claqueta.com
y el primer diario, Noticine.com. Actualmente ultima la publicación
de la primera guía internacional en español de festivales de cine.
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