El cine argentino,
entre la gloria y la penuria
Horacio Bernades
La
agonía y éxtasis, los extremos es lo único
que conoce el cine argentino en los últimos cinco años
en los que no hay un festival internacional sin una cinta
representándolo. ¿Quiénes son los actores
en éste drama?¿qué o quién pueden
neutralizar la penuria y hacer de la gloria momentánea
una presencia permanente?
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En París, Nueva York, Londres o Madrid, el cine argentino despierta,
por estos días, una recepción y expectativas casi febriles, semejante
a las que un lustro antes le cupieron al cine asiático. Se multiplican
los estrenos de películas argentinas en el exterior, los principales
festivales se las disputan, el centimetraje que se les dedica en los
principales medios aumenta, las críticas -en ocasiones, firmadas por
algunas de las plumas más prestigiosas- suelen ser exultantes y no
es escasa la cantidad de espectadores que concurren a ver esos productos
de una cinematografía hasta hace poco desconocida, o mal conocida.
¿Pasa
entonces el cine argentino por su mejor momento? No necesariamente,
porque en casa las cosas no son tan doradas. Mientras la matrícula
de las escuelas de cine aumenta en forma exponencial y surgen nuevos
y talentosos realizadores -en una proporción que deja bien atrás
los míticos años sesenta- ese bullente panorama no cuenta, en el
orden interno, con mecanismos de fomento, promoción y exhibición
que le hagan honor. Constricciones económicas, un dólar alto, políticas
estatales algo adormiladas y la falta de un circuito de exhibición
específico para el cine de arte y ensayo generan un cuello de botella
que estrangula la circulación de esas películas.
Como
suele ocurrir con ciertas estadísticas, algunas cifras pueden resultar
engañosas. La de estrenos argentinos anuales es una de ellas. Desde
hace algunas temporadas, ese número promedia entre las cuarenta
y cincuenta películas, lo cual parecería hablar, en números constantes
y sonantes, de una cinematografía floreciente. Si se mira en detalle
se verá que no es así: un porcentaje todavía demasiado alto de esas
películas es de productos precarios, en ocasiones impresentables,
cuya única aspiración parecería ser la de encontrar una salida que
les permita percibir el subsidio que la Ley de Cine vigente prescribe
-tal vez con excesiva generosidad- para todo filme estrenado. Por
otra parte, y como ocurre con todo el cine de autor en general,
al no existir un circuito alternativo que cuide, proteja y dé un
lugar específico a esos filmes, muchas películas de calidad que
requerirían un sostén extra para su difusión deben vérselas, en
igualdad de condiciones y en los mismos complejos cinematográficos,
con los tanques de Hollywood.
El
resultado es previsible y conocido: una, dos o tres semanas en cartelera,
y luego la película en cuestión resulta empujada fuera del circuito
por el inventario de las grandes distribuidoras. Por más que la
crítica jugó un papel importante para la instalación y consolidación
del nuevo cine argentino, no basta con reseñas elogiosas para sostener
a ciertas películas en cartelera. El hecho concreto es que son escasas
las películas del nuevo cine argentino que alcanzaron la ansiada
barrera de los 100.000 espectadores, que se supone el piso para
la recuperación de costos. De dos años a esta parte, eso sólo ocurrió
con Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000),
La ciénaga (Lucrecia Martel, 2001), El bonaerense
(Pablo Trapero, 2002) y Un oso rojo (Adrián Caetano,
2002), mientras que otras como Bolivia (Adrián Caetano,
2001), y Herencia (Paula Hernández, 2001) apenas lograron
arañar esa cifra. La reciente adquisición, por parte del INCAA (Instituto
Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) de una sala destinada exclusivamente
a exhibir cine argentino difícilmente resuelva el problema, ya que
esa sala es percibida más como una solución de segunda que como
una salida de primera, lo cual la condena al lugar de "salida-consuelo"
para las películas que no consiguen una mejor.
Para
empeorar las cosas, las políticas oficiales de fomento no son todo
lo eficaces y cristalinas que sería deseable. La actual administración
del INCAA logró el año pasado la ansiada autarquía -uno de los reclamos
de más larga data por parte del mundo del cine-, es así como consiguió
detener el drenaje de fondos propios, que iba a parar -en lo que
constituía una confiscación de facto- al Tesoro Nacional.
Sin embargo, los créditos y subsidios no fluyen todavía en la medida
y con la rapidez necesaria para sostener una producción continua,
lo cual afecta directamente a la producción independiente, que es
la que necesita vitalmente de ese apoyo para sobrevivir. Como consecuencia
de ello, desde hace un tiempo el nuevo cine argentino termina siendo
subsidiado, en buena medida, por fundaciones extranjeras (Hubert
Bals, Fonds Sud y otras por el estilo) o dependiente de coproducciones
-con España, sobre todo- antes que sostenido por el propio estado.
Por
otra parte, los mecanismos de promoción oficial no siempre parecen
dirigidos a fomentar ese sector desprotegido de la producción, que
es justamente el que mejor recepción suele tener en el exterior.
Sirva como ejemplo el caso de la rohmeriana Ana y los otros,
opera prima de la joven cineasta Celina Murga, que tras resultar
premiada en la más reciente edición del prestigioso Festival de
Cine Independiente de Buenos Aires y al mismo tiempo que es solicitada
por varios de los más importantes festivales internacionales, se
encuentra con serias dificultades para su estreno local. Sucede
que, al presentar el proyecto ante la comisión que decide sobre
los subsidios para filmes en producción, Ana y los otros
fue declarada "sin interés" por parte de sus miembros.
Y esto ocurre cuando filmes de dudosa calidad reciben la ansiada
calificación que les concede el subsidio oficial, lo cual ha generado
no pocas protestas y un claro aviso de tormenta por parte de los
realizadores independientes, que se saben expuestos al mismo destino
que la película de Murga.
En
términos de calidad, originalidad y personalidad, el nuevo cine
argentino -que en años pasados produjo películas tan estimables
y diversas como Pizza, birra, faso (Adrián Caetano,
Bruno Stagnaro 1998), Mundo grúa (Pablo
Trapero 1999), La ciénaga y La libertad
(Lisandro Alonso, 2001) - mantiene un alto estándar, tal como lo
demuestra la cosecha más reciente. Magníficos documentales -el caso
de Ciudad de María (Enrique Bellande, 2002), que investiga
presuntas apariciones de la Virgen María en una ciudad bonaerense,
o Yo no sé qué me han hecho tus ojos (Lorena Muñoz,
Sergio Wolf, 2002) que rescata a una olvidada gloria canora de la
época de oro del tango-, raros filmes-ensayo como Balnearios
(Mariano Llinás, 2002) -exhibida en la última edición del Festival
de Rotterdam-, la excelente comedia negra El fondo del mar
(del veinteañero debutante Damian Szifron, amante del cine clásico
norteamericano), las tres películas estrenadas en el último festival
de Buenos Aires - Ana y los otros, Los rubios
(Albertina Carri, 2003) y Nadar solo (Ezequiel Acuña,
2001) - las dos presentadas en la última edición de Cannes Hoy
y mañana (Alejandro Chomski, 2003) y La cruz del sur
(Pablo Reyero) y las dos últimas de ese "padrino minimalista"
de los jóvenes cineastas locales que es Raúl Perrone Late
un corazón (2002) y La mecha (2003), así como
Los guantes mágicos (lo más nuevo de ese Jim Jarmusch
argentino que es Martín Rejtman), ratifican la buena salud de nuestro
cine.
Esas
son las películas que viajan a festivales y encuentran más tarde
un lugar en la cartelera cinematográfica de las principales capitales
internacionales. Sin embargo, falta todavía que la maquinaria oficial
lo reconozca y las fomente, así como que algún audaz se decida a
abrir una o más salas de exhibición destinadas a seducir al ancho
público potencial con que cuentan el cine de arte e independiente.
Ese público sigue constituyendo un nicho paradójicamente subexplotado
para un mercado cinematográfico como el argentino, que todavía se
precia (y suele ser percibido como tal) de ser un fuerte consumidor
y difusor de bienes culturales.
Horacio
Bernades, distrae sus actividades como simpatizante del
River Plate, y padre de dos hermosas mellizas para ejercer la crítica
cinematográfica, actividad que tiene desde mediados de los años
ochenta. Después de colaborar en las revista Cine en la cultura.
El ciudadano y El amante, escribe habitualmente en
el periódico Página/12, desde hace una década.
A
pesar de sostener que lo que más le importa del cine contemporáneo
son las tres K (Kiarostami, Kitano y Kaurismäki) y el cine asiático
en general, es coeditor del libro Nuevo Cine Argentino: Temas,
autores y estilos de una renovación (2002) .
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