Después de
un periodo de eclosión temática y artística, generado por el apoyo
incondicional y paternalista del gobierno echeverrista (1970-1976),
en los dos sexenios siguientes el rumbo de la industria fílmica
mexicana quedó en manos de una iniciativa privada anquilosada,
mediocre y sin escrúpulos, que produjo películas populacheras
de la más ínfima calidad repitiendo fórmulas gastadas en el cine
de ficheras, sexycomedias y cintas de narcotraficantes, cancelando
así la posibilidad de un cine comercial, digno y competitivo,
en un mercado dominado por Hollywood.
Al finalizar de la década de los ochenta este modelo
de producción, aunado a la política neoliberal y globalizada que
implementó el presidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994),
dio el golpe mortal a la agonizante industria del cine mexicano
y trajo consigo la quiebra de la distribuidora Películas Nacionales
en 1991, y dos años después la liquidación de la cadena de exhibición
Compañía Operadora de Teatros (COTSA), empresas que pese a estar
carcomidas y tambaleantes servían para difundir las películas
nacionales.
Por otro parte, la falta de protección y de incentivos
fiscales para las cintas nacionales provocó que la producción
disminuyera drásticamente. Hasta finales de los años ochenta el
promedio histórico era de 90 películas anuales, sin embargo, en
1997 la producción cayó como se muestra en la siguiente tabla:
| Año
de producción |
Número
de películas mexicanas |
| 1997 |
15 |
| 1998 |
11 |
| 1999 |
19 |
| 2000 |
32 |
| 2001 |
18 |
| 2002 |
14 |
En ese sentido, la industria, entendida como una estructura
dinámica que posee una infraestructura económica y artística para
producir filmes de manera continua y sostenida, ya no existe.
Desde
1990 a la fecha el cine mexicano atravesó por una incierta etapa
de transición postindustrial en la que sobrevivió su infraestructura
artística, es decir, se cuenta con directores, guionistas, actores,
fotógrafos, editores, técnicos, etcétera, y a pesar de las circunstancias
adversas se ha seguido filmando debido, sobre todo, a cuatro razones
principales:
- El
esfuerzo de los cineastas para levantar sus proyectos;
- El
apoyo –paradójico- del gobierno por medio del Instituto Mexicano
de Cinematografía (IMCINE), como coproductor y punto de enlace
para conseguir financiamientos nacionales y extranjeros;
- La
coproducción con otros países, en especial con España;
- El
surgimiento de varias productoras privadas con ideas frescas
Estas productoras apoyaron el lanzamiento de las cintas
con fuertes campañas mercadotécnicas, como Producciones Amaranta,
Titán Producciones, Argos Cine y Altavista Films, y a otras dos
creadas por realizadores, Tequila Gang (Guillermo del Toro), y
Anhelo Producciones (Alfonso Cuarón).
Sin embargo, durante este vacilante periodo, en el terreno artístico,
el cine mexicano logró el mayor reconocimiento internacional de
su historia con la obtención de un buen números de premios en
festivales, ejemplos de ello son: La invención de Cronos
(1992), opera prima de Guillermo del Toro, y
Amores perros (1999), primer largometraje de Alejandro
González Iñárritu, producido por Altavista Films, ganaron el premio
de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes, además, el
filme de González Iñarritú obtuvo otras 26 preseas internacionales.
En el mismo certamen, El héroe (1993), corto
de animación de Carlos Carrera, se llevó la Palma de Oro en esa
categoría, y Japón (2002), debut de Carlos Reygadas,
ganó la Cámara de Oro. Reygadas recibió otros 12 reconocimientos
en el extranjero. Por otra parte, Profundo carmesí (1996),
de Arturo Ripstein, e Y tu mamá también (2001),
de Alfonso Cuarón, triunfaron en el Festival de Venecia, la primera
conquistó tres galardones y la segunda, dos. Asimismo, a la película
de Cuarón le han otorgado otros 10 premios fuera del país.
Por
lo que se refiere al aspecto comercial se consiguió recuperar
al público de clase media perdido durante los años ochenta, se
abrieron nichos de mercado, y se rompieron récords de taquilla.
Como agua para chocolate (1990), de Alfonso
Arau, fue un éxito en México y recaudó casi 22 millones de dólares
en los Estados Unidos; Sexo, pudor y lágrimas (1998),
la primera coproducción de Titán Producciones y Argos Cine, dirigida
por el debutante Antonio Serrano, ganó poco más de 118 millones
de pesos y fue vista por 5 millones de espectadores; Amores
perros embolsó alrededor de 100 millones de pesos en México,
y otros 100 en el extranjero; Y tu mamá también
recibió 103.5 millones de pesos, fue mirada por 4 millones de
espectadores, se distribuyó en 40 países, y obtuvo más de 14 millones
de dólares en los Estados Unidos, y El crimen del padre
Amaro (2002), de Carlos Carrera, favorecida por el escándalo
político-religioso provocado por la iglesia y los grupos de ultraderecha
que pretendían censurarla, se convirtió en la más taquillera en
la historia del cine mexicano, en sólo 20 días alcanzó el récord
de 118 millones de pesos impuesto por Sexo, pudor y lágrimas,
cuya recaudación se logró en 20 semanas de exhibición.
En
esta etapa también surgió una nueva generación de realizadores,
actores, guionistas, fotógrafos y técnicos que no sólo renovaron
los cuadros artísticos, sino que plantearon nuevas ideas y temáticas,
utilizaron un lenguaje cinematográfico más contemporáneo, y abordaron
los géneros tradicionales del cine mexicano, como el melodrama
o la comedia, de manera más realista y actual. Debutaron en el
campo del largometraje más de 40 directores, entre los que destacan,
los ya citados Del Toro, Carrera, González Iñarritú, Reygadas
y Cuarón, además de Juan Mora Catlett (Retorno a Aztlán,
1990), Francisco Athié (Lolo, 1991), Roberto Sneider
(Dos crímenes, 1993) Fernando Sariñana, (Hasta
morir, 1993), Juan Carlos Rulfo (Del olvido al no
me acuerdo, 1997), Carlos Bolado (Bajo California.
El límite del tiempo, 1998), Gerardo Tort (De la
calle, 2000), Armando Casas (Un mundo raro,
2001), Juan Carlos Martín (Gabriel Orozco: un proyecto fílmico
documental, 2002) y Julián Hernández (Mil nubes
de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor,
2002).
Asimismo,
pudieron continuar su trayectoria, cineastas interesantes de generaciones
anteriores como Jaime Humberto Hermosillo (La tarea,
De noche vienes Esmeralda), Gabriel Retes (El
bulto, Bienvenido-Welcome), Jorge Fons (El
callejón de los milagros, 1994), y el ya mencionado Ripstein
(Principio y fin, Así es la vida),
reconocido en Europa y aclamado en España.
El
cine mexicano adquirió tambièn nuevos rostros y presencias femeninas
emblemáticas: Arcelia Ramírez (La mujer de Benjamín,
Cilantro y perejil), Salma Hayek (El callejón
de los milagros), Tiaré Scanda (El callejón de los
milagros, Sin remitente), Susana Zabaleta
(Sobrenatural, Sexo, pudor y lágrimas), Cecilia
Suárez (Sexo, pudor y lágrimas, Todo el poder) y
Vanessa Bauche (Amores perros, Piedras verdes);
y también masculinas: Daniel Giménez Cacho (Sólo con tu
pareja, Profundo carmesí) Roberto Sosa (Lolo,
Ángel de fuego), Demián Bichir (Hasta morir,
Sexo, pudor y lágrimas), Juan Manuel Bernal (Hasta
morir, La habitación azul), Bruno Bichir
(Principio y fin, El jardín del Edén),
Luis Felipe Tovar (Bienvenido-Welcome, Todo
el poder), Damián Alcázar (La leyenda de una máscara,
La ley de Herodes), Jesús Ochoa (Entre Pancho
Villa y una mujer desnuda, El segundo aire),
Diego Luna (El cometa, Y tu mamá también),
Osvaldo Benavides (La primera noche, Seres
humanos), Luis Fernando Peña (De la calle,
Amar te duele), y Gael García Bernal (Amores
perros, Y tu mamá también, El crimen
del padre Amaro), el actor mexicano más cotizado e internacional.
A
su vez, las condiciones laborales de la época provocaron una fuga
de talentos. Los directores Luis Mandoki, Arau, Del Toro, Cuarón
y González Iñarritú iniciaron una carrera en Hollywood, al igual
que la actriz Salma Hayek y algunos fotógrafos como Emmanuel Lubezki,
Guillermo Navarro y Rodrigo Prieto.
Y
aunque en esta época postindustrial no puede negarse un resurgimiento
artístico y comercial del cine mexicano, su situación y perspectivas
siguen siendo desfavorables. La llegada al poder del Partido Acción
Nacional en el 2000, que acabó con 70 años de la dictadura de
partido impuesta por el Partido Revolucionario Institucional,
no trajo cambios sustanciales en las políticas culturales. Si
bien el nuevo gobierno ha respaldado el funcionamiento del IMCINE,
no ha establecido mecanismos y leyes concretas para apoyar el
renacimiento de la industria.
El
Nuevo Reglamento de la Ley de Cinematografía se aprobó en 2001,
reconoce a la industria como vehículo artístico con un sentido
social, contempla incentivos fiscales, y 10 por ciento de pantalla
para el cine nacional, pero no existen cláusulas que penalicen
su incumplimiento y el porcentaje es pantalla es muy reducido.
Asimismo, en diciembre de 2002, impulsó la medida de la retención
de un peso por cada boleto vendido en las taquillas de los cines,
sin embargo, no se ha realizado un reglamento para regular su
aplicación, ni se ha establecido un sistema tributario para hacerla
efectiva, y sólo ha servido para que los exhibidores aumentaran
los precios de las entradas. Además, dicha medida enfrenta la
oposición de la Comisión Federal de Mejora Regulatoria (Cofemer),
de la Secretaría de Economía, que la considera anticonstitucional,
y de los distribuidores y exhibidores, estadounidenses y nacionales,
que promovieron amparos para evitar su aplicación, además de
la oposición explícita y amenazante del titular de la MPAA (Motion
Picture Association of America) Jack Valenti. Ver Todos los
pesos de taquilla son míos en El ojo que piensa 1
No
obstante, son precisamente las cadenas de distribución y exhibición
las que obtienen mayores ganancias, ya que los productores sólo
se quedan con el 10% del costo de boleto, y siempre y cuando el
filme sea visto al menos por tres millones de personas, razón
por la cual la mayoría no recupera por completo su costo de inversión.
Según Luis Estrada, director y productor de La ley de Herodes
(2000):
Uno
de los grandes mitos del renacimiento del cine mexicano es que
es un negocio, porque sigue sin serlo. Hay muchos vicios de origen
que se arrastran desde hace muchos años. El que las televisoras
no se involucren en la difusión y comercialización del cine, la
repartición en taquilla, son algunos de ellos (...) A pesar de
que muchas películas tienen éxito, no recuperan la inversión,
aunque no es el caso de Y tu mamá también, y Sexo, pudor
y lágrimas, pero sí de muchas otras, porque de los casi 40
pesos que paga el público en la taquilla, si te va muy bien y
logras recuperar el costo de la inversión en publicidad y copias,
te tocan de ganancia cuatro pesos, pero serán para ti una vez
que ya pagaste el costo de la producción, y eso apenas va a servir
para amortizar la inversión que hiciste en la película.
Por su parte el productor Matthías Ehrenberg, de Titán
Producciones opina también que las televisoras deben apoyar al
cine:
Me
parece que ante el embate de una industria tan grande como la
estadounidense, los países que logran articular cuotas a las televisoras
han logrado reactivar su industria cinematográfica, en beneficio
también de las mismas empresas. En México es un debate que está
abierto y que hay que retomarlo (...) No se hace nada por la industria,
a menos que a tu película le vaya muy bien y logremos algunas
ventas que más o menos signifiquen mover dinero. Pero no hay preventas,
ni inversión, ni dinero destinado de las televisoras, que hacen
muchísima plata en ejercicios monopólicos”.
Y
Epigmenio Ibarra, director de Argos Cine, considera que es indispensable
la participación activa y eficaz del estado:
En
México el cine no es rentable... Lo que queremos es una visión
estratégica de apoyos fiscales, para que los inversionistas se
atrevan a arriesgar su capital en el cine mexicano y lo vean como
un verdadero negocio. El estado tiene que entender que intervenir
en el cine no sólo es una responsabilidad de cumplir con una obligación
cultural.
El
panorama actual del cine mexicano hace evidente que uno de los
requisitos indispensables para que la industria del cine mexicano
renazca es que el estado lo apoye, con decidida voluntad política,
y lo considere no sólo un bien cultural, sino una empresa que
puede ser rentable y competitiva en el mercado nacional y extranjero.
En junio de 2003, la Secretaría de Gobernación convocó a los representantes
de los diferentes sectores del medio cinematográfico a tres Mesas
de Trabajo para el Fortalecimiento de la Industria Cinematográfica
Nacional, con el fin de plantear una propuesta. Habrá que
esperar para ver si es escuchada y llevada a la práctica.
Juan
Carlos Vargas es investigador del Centro de Investigación
y Estudios Cinematográficos de la Universidad de Guadalajara.
Ha escrito artículos para las revistas Dicine (México), CinémAction
(Francia) y Secuencias (España). Colaboró en el libro Tierra
en trance. El cine latinoamericano en 100 películas, y es
uno de los autores de la obra colectiva Historia Documental del
Cine Mexicano 1977-1994. Acaba de publicar el libroLos Mundos
Virtuales. El cine fantástico de los noventa.