Lo que mostramos
de nosotros
América Latina en las pantallas*
Miriam
de Souza Rossini
¿Estamos,
los latinoamericanos, condenados a vernos en el cine como folclóricos,
sensuales, religiosos e indisciplinados? ¿Es diferente
como nos ven y como nos vemos a nosotros mismos? Miriam de Souza
analiza tres exitosas muestras de cine latinoamericano y superpone
las dos imágenes con un asombroso resultado
Texto en portugués |
Desde que surgió, hace más de un siglo, el cine
ha servido, como ya dijo Marc Ferro (1), tanto para adoctrinar como
para divertir a los espectadores de un lado a otro del planeta.
Actualmente se torna imposible negar la participación de la imagen
cinematográfica en el proceso de la construcción de la identidad
de un pueblo. Al final, en todas las partes del mundo, millares
de cámaras se ponen a funcionar en cada momento, captando escenas
reales o ficticias, que consumiremos en mayor o menor grado. Por
lo tanto, estas imágenes formarán parte del modo de cómo aprendemos/comprendemos
el mundo que nos rodea. Dentro de este cuadro, es innegable la función
social del cine como difusor de ideas, sueños, deseos, modismos,
comportamientos, patrones de identidad.
En
función de eso, el propósito de este texto es, a partir de la observación
de tres filmes que obtuvieron repercusión internacional, el discutir
la representación del espacio latino y de la cultura latina, observando
puntos en común y divergentes en estas construcciones, bien con
su pertenencia o no con la realidad de los países latinoamericanos.
Los tres filmes son: El callejón de los milagros,
(México, 1994) de Jorge Fons; Guantanamera (Cuba,
1995), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío; y Central
do Brasil (Brasil, 1997), de Walter Salles. Con ello se
verá como estas representaciones, diseminadas por la vía de la industria
cultural, ayudan a construir un imaginario sobre lo que es América
Latina y lo que son los latinoamericanos.
Esta preocupación es fruto de mis investigaciones
sobre la representación latina en el cine, que en 1997 generó otro
texto. Me preguntaba yo en aquella época, como el cine estadounidense
representa al latinoamericano en sus películas, y para análisis
usé dos filmes: Bananas (1971), de Woody Allen, y
Luna sobre Parador (Moon over Parador,
1988) de Paul Mazursky.
Me detuve justamente sobre las cuestiones del espacio
latino y de la cultura latina, y pude comprobar como los dos filmes,
a pesar de estar separados por casi dos décadas, crean dos ciudades
latinas imaginarias, resaltando prácticamente los mismos elementos:
eran ciudades pobres, viejas, detenidas en el tiempo, sin ningún
trazo de modernidad, en contraste con las ciudades contemporáneas
del primer mundo. Y eso que las dos ciudades servían de capitales
para sus países. Ahí el pueblo latino, además de pobre y atrasado
era analfabeto, supersticioso, sensual e indisciplinado.
Este análisis no cubre solamente estos dos filmes.
Basta ver cualquier filme norteamericano que retrate, aunque sea
rápidamente a América Latina, y constataremos algunos de estos aspectos.
El propio Traffic (2000), de Steven Soderbergh, al
representar la ciudad mexicana de Tijuana con un color amarillento,
resalta el aspecto viejo de aquélla ciudad. Son pequeñas cosas,
pequeños detalles en un filme y en otro, sin embargo poco a poco
van moldeando la visión y la percepción sobre el espacio latinoamericano.
O sea, el cinema estadounidense, en especial, trabaja con un estereotipo
sobre el pueblo latino y su espacio, fácilmente identificado por
el público globalizado (2).
A través del cine, y también de la televisión, el
estereotipo ya existente sobre el latino se refuerza en función
de: a) dar
concreción, da verosimilitud
con la realidad más allá de la pantalla que la representación de
imágenes producida que vía el cine y la televisión nos proporciona,
y b) el alcance que esos medios de comunicación poseen. El
estereotipo del latino, hoy, está prácticamente unida al imaginario de lo que es un latino. Un ejemplo.
Para la Bienal de Venecia en 2001, el italiano Germano Celant, curador
de la muestra brasileña, escogió Fantasías de la Emperatriz Leopoldinense,
un estereotipo de carnaval que se representa constantemente, con ropas y accesorios de Carmen Miranda para representar el arte
y la cultura del país. (3)
Básicamente lo que se mostró son trazos del subdesarrollo,
del exotismo y de la no modernidad. Por lo tanto, también cuando
vemos los filmes producidos por latinoamericanos, vemos que la forma
en como nos representamos coincide, en la gran mayoría de las películas,
con aquélla visión que el “otro” tiene de nosotros. Somos sociedades
estratificadas, de desarrollo desigual, con pobreza y riqueza conviviendo
juntas, mas no siempre estas representaciones cinematográficas hechas
sobre la cultura y el espacio latinoamericano son lo suficientemente
problematizadas, o presentadas, por nuestra cinematografía.
Esta cuestión se torna importante, pues si las imágenes
contribuyen a la construcción de una representación de identidad
sobre un pueblo, ellas deben también ser investigadas, cuestionadas,
pues, al final, ¿qué es lo que ellas dicen sobre nosotros? ¿Cómo
nos construimos? ¿Cómo nos damos a conocer?
Si nos detenemos en el ejemplo brasileño, algunos
filmes de mayor éxito en los últimos años, son justamente aquellos
que presentan este Brasil no moderno: además del propio Central
do Brasil, tenemos también Eu, tu, eles (2000)
de Andrucha Waddington, y O auto da compadecida (2000),
de Guel Arraes. En Orfeu (1999), de Carlos Diegues,
que retrata la favela y el carnaval en los cerros cariocas. Ya los
filmes más urbanos, los que buscan otra cara de la historia brasileña,
no siempre encuentran una buena repercusión hacia el público interno
o externo.
Al contrario. Cuando O quatrilho (1995),
de Fabio Barreto, fue lanzado, obteniendo repercusión nacional e
internacional, un crítico francés de los Cahiers du Cinema
comentó que Brasil precisaba hacer filmes sobre el verdadero Brasil,
que era el Nordeste, y no aquélla bobería sobre italianos del sur
del país, que estaba totalmente fuera de nuestra realidad. Debíamos
voltear para la vertiente abierta por el cinema novo y retratar
la pobreza nordestina, pues ahí estaba nuestro diferencial en términos
culturales.
¿Entonces es lo mismo? Los “otros” están en lo correcto
cuando nos representan y cuando exigen que nos mantengamos dentro
de nuestro espacio de representación posible, o sea, ¿que nos retratemos
sólo como exóticos y no modernos? Responder a esta cuestión es un
poco más complejo que simplemente decir: si, nosotros somos colonizados;
o: si, nosotros somos lo mismo que muestran de nosotros y aquello
que nosotros mostramos de nosotros mismos.
Responder a esta cuestión implica trabajar con el
concepto de la identidad, que son representaciones verbales y no
verbales a través de las cuales nos damos a conocer. O sea, la identidad
de un grupo son los discursos que él produce sobre sí mismo, más
también aquello que él muestra; es su historia, son sus mitos y
héroes. Una representación identitaria y por lo tanto, una práctica
social, cultural, que congrega un grupo de personas en torno de
una visión semejante del pasado, del presente, del futuro, dando
a este grupo un sentido de pertenencia.
La identidad es, así, la forma con la cual el grupo
define a sí mismo y a su trayectoria, social, cultural, histórica,
marcando con eso su diferencia, su distinción con relación a otro
grupo. Es el momento en que el grupo suaviza sus diferencias internas,
a fin de resaltar sus trazos en común, para, con ello, demarcar
su espacio de acción en el campo de las representaciones, delante
de otro. Ser brasileño es, diferente de ser inglés, por ejemplo.
Decir eso es fácil, ¿sin embargo, por qué no siempre
es fácil decir que somos distintos de los argentinos, por ejemplo?
¿Por qué en el campo de las representaciones según la visión del
“otro” no latino, los distintos países que componen la América Latina
acaban siendo vistos como una especie de bloque culturalmente homogéneo,
como si fuésemos los mismos y representados sin sus particularidades
regionales trazadas históricamente? ¿Y cómo representamos nosotros
nuestra cultura? ¿Será que existen puntos de aproximación y de distanciamiento
tan fuertes en la forma en que nos mostramos, como nos damos a conocer?
Y por otro lado ¿será que nosotros mismos somos tan heterogéneos
como nos imaginamos?
Entramos aquí en otra discusión sobre esta cuestión
de la identidad. La sociedad actual, tal como se presenta, se denomina
a sí misma moderna, y esta modernidad, que se delinea mejor a partir
del siglo XIX con la Revolución Industrial Inglesa, está basada
en suposiciones identificadas marcadamente como anglosajonas: de
racionalidad, de técnica, de cientificidad. La racionalidad anglosajona
atraviesa todos estos campos, de la religión a la administración
burocrática del estado y las industrias, sin dejar fuera el espacio
de lo privado, de lo particular. Organización y método parecen ser
las palabras claves de esa nueva forma de vivir.
Esta lógica de pensamiento es totalmente opuesta,
según Joseph Perez, al modo de pensar y actuar latinos, que poseen
una matriz románica heredada de sus ex–metrópolis coloniales. En
oposición a la vida reglamentada, burocratizada de un anglosajón,
está nuestra tendencia natural al desorden, a nuestra dificultad
en seguir reglas rígidas, pues ellas impiden nuestra libertad de
acción, de independencia. Seríamos, por lo tanto, insubordinados
e indisciplinados por naturaleza, y sin orden y disciplina no es
posible ser moderno. (4)
Un latinoamericano, por lo tanto, ya sea el brasileño
o mexicano, sería por esencia no sólo no moderno, sino antimoderno,
pues, como dice Joseph Perez, “adoptar los principios modernos de
la eficacia técnica de material puede representar una amenaza: corren
el riesgo (los latinos) de perder sus trazos peculiares, sus raíces
históricas, su identidad cultural”. (5)
De no ser extraño que a los ojos de un “moderno”
anglosajón nosotros, los latinos, seamos tan “no modernos” y por
eso, cuando ellos nos representan, se resaltan los trazos que marcan
esta distinción: la fe envuelta en misticismos y creencias, tan
opuesta a la racional fe protestante; el sentimiento exacerbado
del contacto interpersonal, opuesto a la forma recatada, recta de
convivencia anglosajona, por ejemplo.
Emoción latina versus racionalidad anglosajona: este
parece ser el embate que subyace a esta discusión (y representación).
Al mismo tiempo, por nuestra mente no se comporta
el raciocinio lógico y cientificista de modernidad de la matriz
anglosajona y que lidiamos con la técnica como si ella fuese algo
extraordinario, místico, fuera de nuestra comprensión. Según ese
punto de vista, hoy los bárbaros somos nosotros.
Por otro lado, como dije antes, los filmes que entre
nosotros alcanzan la mayor repercusión son justamente aquellos que
también exploran estos aspectos que estamos llamando “no modernos”.
Viendo los tres filmes que sugerí como punto de análisis,
esta cuestión se muestra de forma muy interesante.
En Central do Brasil, la religiosidad
es un punto que marca. En todos los cantos de aquél filme hay una
referencia a la fe: en la estación de tren, Central do Brasil, hay
un altar con la imagen de una santa hacia a la que Josué se dirige
después de perder a su madre. Durante el viaje de Dora y Josué por
el interior de Brasil, podemos ver en puntos de parada otras imágenes
de santos, además de la presencia de las iglesias.
Aún donde no hay construcciones, hay una iglesia,
o algún altar improvisado, dando una muestra de religiosidad local.
Y en el camino del conductor evangélico, que da una corona a los
dos viajeros, también podemos ver una imagen de Cristo, aún con
una calcomanía en el vidrio delantero: “Con Dios sigo a mi destino”.
En otro camino que Dora y Josué toman, las personas
van rezando, cantando himnos religiosos, apretando rosarios, en
lo que se dividen unas migajas.
Probablemente, el punto más alto de esa explosión
de misticismo sea la fiesta religiosa en un pueblucho nordestino
– ciudad con un nombre sugestivo, Bom Jesús (Buen Jesús). Allá,
los fieles igualmente cantan, rezan, encienden velas, y también
piden perdón por los pecados y agradecen a Dios por la vida que
llevan.
En La Tienda de los Milagros (local donde se exponen
fotos y otros objetos en agradecimiento a los pedidos alcanzados),
los cantos y los olores de las velas llevan a los fieles a una especie
de trance místico, en el cual hasta Dora es envuelta.
La experiencia de fe deja entrever un sentimiento
exacerbado, fuera del control de la razón, que no impide que Dora
y el niño se aprovechen de la situación a fin de obtener algún dinero,
escribiendo cartas para el santo patrón del lugar.
De la misma forma como ella explotaba a los nordestinos
analfabetos de Río de Janeiro escribiendo cartas nunca enviadas,
ella hace lo mismo en el nordeste aprovechándose de la credibilidad
de éstos. Delante de nosotros, los rostros de aquellos nordestinos
van desfilando, y la imagen de ellos se confunde con aquellos que
habíamos acompañado en Río de Janeiro. Son los mismos rostros conformes
ahora sufridos; muchas veces alegres, a pesar de sus dificultades.
La resignación por la fe; la aceptación pura y simple de lo que
no se entiende y no se puede cambiar.
Además de esta cuestión de religiosidad, otro punto
interesante a ser destacado es sobre la forma en la que los espacios
son construidos. Las imágenes de Río de Janeiro exploran un pueblo
pobre que transita por la central del metro; analfabeto (por eso
dependen de Dora para mandar sus cartas); indisciplinado (entra
al metro por las ventanas). La pobreza local también está en los
edificios viejos y descuidados, en los ambientes internos sin cualquier
señal de prosperidad.
Y conforme la historia se va desarrollando hacia
el interior del país, lo que se muestra se va fijando más en los
elementos que caracterizan el espacio como no moderno: las ciudades
se configuran como minúsculas villas, desprovistas de cualquier
infraestructura. Casitas de madera, viejas, rodeadas por cercas
de alambre de púas y pedazos de tronco de donde cuelgan escasas
ropas. Las entradas son de un suelo revuelto, y de cuando en cuando
se encuentra un pequeño mercado o restaurante igualmente estancado
en el tiempo. Ciudad grande o campo, todo es miseria y estancamiento.
En El callejón de los milagros, el
aspecto básicamente explorado es el de la sensualidad latina: las
mozas que se visten como prostitutas, y una de ellas va a trabajar
a un burdel; y el hombre que está cansado de la esposa y va tras
una aventura homosexual; la esposa que intenta recuperar la atención
del marido; el viejo que se quiere casar con una joven fogosa; la
solterona rica que busca un enamorado joven y acaba casándose con
un rapaz ladrón; el rapaz que se casa con una joven, sin embargo
está siempre detrás de otras mujeres. Para todos esos personajes
la cuestión del sexo es preponderante, y en función de él, ellos
abandonan sus funciones sociales, profesionales, transgreden las
reglas.
El único personaje con contornos más positivos, Abel,
es asesinado por el seductor de Alma. Abel es romántico, soñador
y fiel, es por Alma que él se va a los Estados Unidos para poder
hacer fortuna y casarse con ella. Entre tanto, en un ambiente trasgresor,
la positividad de Abel aparece como negativa, pues él, al mismo
tiempo que intenta seducir / conquistar a Alma, él no consigue tener
sexo con ella antes del matrimonio. La muerte patética de Abel surge,
por lo tanto, casi como un castigo a su romanticismo, pues él no
tiene condiciones para pertenecer a aquél universo sensual.
El elemento místico o religioso es menos explorado
en este filme. Está presente en el personaje de doña Cata, madre
de Alma, una cartomanciana que también bendice a sus clientes y
prepara algunos tés milagrosos para ellos, sin embargo no consigue
prever lo que le acontecerá a su hija. Ya el personaje de la esposa
engañada por el marido con otro hombre encuentra en la religión
una forma de conformarse con su infortunio.
También es interesante el tratamiento dado a la ciudad.
El callejón de los milagros es una pequeña calle en la Ciudad de
México, una de las mayores metrópolis de la actualidad. Mientras
tanto, no vemos prácticamente nada de esa inmensa ciudad con más
de dieciséis millones de personas, a no ser de unos pocos elementos,
como una entrada de estación del metro, unas cuantas casas a lo
lejos. Desde la primera escena lo que vemos es una calle pequeña
envejecida, con niños jugando en las calles, enmarcadas por unas
pocas vitrinas. En el callejón, todos se conocen como si vivieran
en una pequeña ciudad del interior. Ahí, todo es viejo y pasado
de moda, desde la calle hasta el interior de las casas. El punto
central del callejón es el bar de Rutilo, donde se encuentran, para
jugar dominó, los tipos más diversos y soñadores: dentistas, libreros,
trasgresores, dueños de tiendas, desempleados: el bar, así como
el callejón, es un punto de encuentro de esa gran familia, unida
por lazos de sensualidad. Así mismo, esa gran familia vive harta
del maleficio de la gran ciudad, pues como todos se conocen, todos
se cuidan y se ayudan mutuamente. Salir de las cercanías del lugar
es perderse, como le sucede a Alma y a Abel.
En este sentido, la Ciudad de México, que entrevemos
en el callejón de los milagros, posee el mismo valor
negativo que el de la ciudad de Río de Janeiro en Central
do Brasil. De otra forma, ciudad que es, también, apenas
explorada en pocos aspectos. No vemos las ciudades, sin embargo
sabemos lo que estas producen: personas sin escrúpulos, como Dora
antes de involucrarse hacia el interior del país, o como el policía,
que mata adolescentes criminales y que vende niños al exterior;
o como José Luis, el rufián que seduce jóvenes con sus bellas maneras
y lugares finos, para después explotarlas en un mundo perverso de
drogas y prostitución.
Guantanamera tiene una contracción diferente. Al contrario
de los otros dos filmes, desde el inicio el director nos muestra
que estamos en un espacio urbano que aunque no sea moderno, aun
tiene los trazos de una grandiosidad pasada. En Guantanamera,
la opción es mostrar la pobreza no para construir un mundo aparte,
sino para mostrar un espacio que está siendo vendido al fierro
viejo a lo largo de los dos últimos años y que se convirtió en un
lugarejo: carros antiguos, carretas jaladas por caballos que sirven
para conducir pasajeros, casas en ruinas.
Igual que en Central do Brasil, los
personajes hacen un viaje que se dirige hacia el interior del país,
mas que conduce a la capital, La Habana. Durante el viaje, se abren
a la vista las realidades de la pobreza. A lo largo de las carreteras,
cientos de personas que huyen de la miseria, buscan transporte como
pueden: en carretas de caballos, en la plataforma de un camión,
mas ellas no rezan y no se resignan a la situación como sucede en
el filme brasileño. Al contrario, maldicen y huyen de aquella vida
en busca de algo mejor. Hay una escena en la que la intención del
director se vuelve más clara: Mariano y Ramón, los dos camioneros,
conversan sobre el tiempo en que Mariano iba a la facultad de Economía.
El muchacho cuenta a su compadre lo que seria el socialismo científico,
que traería el reino de la abundancia; mientras tanto vamos viendo
por el cristal delantero del camión él vacío de las ciudades, de
las plantaciones, de la infraestructura, y más adelante, en medio
de aquel paisaje desnudo, hay una multitud de desvalidos.
La lucha por la supervivencia lleva a los cubanos
a intensificar el comercio ilegal y a comercializar todo con base
en el dólar, a pelear en un velorio a causa de un bocadillo al cual
sólo tenia derecho el que tuviera boleto.
Economía planificada, explica alguien. Así, el cadáver
que es transportado a lo largo del país es el propio sistema cubano,
un muerto que se arrastra por todas partes, convirtiendo a la ciudad
en fantasma, en un reflejo de si misma, de su pasado de abundancia.
Es interesante resaltar que la ciudad, en Guantanamera,
no es en si negativa. Negativa es la situación a la que esta ciudad
está relegada. Negativa es la situación en que viven las personas
en el país, ya sea en la ciudad o en el campo, en virtud del modelo
político adoptado en Cuba, del modelo económico impuesto por los
Estados Unidos, de la caída del bloque socialista que financiaba
esta pobre economía de isla.
Por lo tanto, toda esa claridad respecto a la situación
del país no impide que los trazos de la cultura latina de que hablábamos
al principio también estén presentes en el filme.
Así, tenemos la cuestión de la sensualidad encarnada
en el personaje de Mariano, que tiene una amante en cada punto del
país. Mariano es el típico latin lover en busca de sexo fácil
y sin compromiso, sin embargo también es ejemplo del alma romántica
latina, que vive su amor platónico por una exprofesora universitaria.
Otro aspecto presente en Guantanamera
es la cuestión de la religiosidad, en una escena que nos ayuda a
percibirla, aquella en que Ramón esta bendiciendo el camión con
un ramo verde y riega aguardiente en el vehículo. Después con un
inmenso habano, el hace un sahumerio al interior del camión, como
si realizara un ritual religioso, para evitar que él y su colega
vayan a tener un accidente en la carretera.
Tal vez existan anglosajones que echen sahumerios
en sus camiones, mas eso es algo que no encuadra con nuestra representación
imaginaria sobre ellos. Si en la escena mencionada el personaje
fuera inglés, eso nos espantaría y pensaríamos que es gracioso.
Por lo tanto, echar un sahumerio al camión es perfectamente aceptado
en el plano de las representaciones cuando hablamos de un latino,
pues está en la base de nuestra raíz de identidad esta forma mística
de lidiar con los productos de la modernidad. Y como si fuera nuestra
forma de domarlos para poder apropiárnoslos.
Probablemente eso revele, que inconscientemente,
rechazamos el proyecto moderno, pues este va contra nuestras raíces
culturales latinas. Así, más que una subordinación a la visión de
otro, representarnos como distintos seria nuestra forma de sernos
subversivos, de no aceptarnos para ser encuadrados dentro de un
proceso que minaría nuestra propia identidad cultural e histórica.
Por eso, aquello que a primera vista surge como una
insubordinación, en un segundo momento acaba convirtiéndose en una
marca de nuestra incapacidad para adaptarnos a los tiempos modernos.
Al final, vivimos en él y es la mentalidad moderna la que impera,
y es estar fuera de compás con las imposiciones / disposiciones
de su propio tiempo. De este modo, en vez de apuntar una diferencia
ratificamos nuestra falta. Por ser incompleta, la modernidad surge
en nuestros filmes como algo a veces forzado, falso, casi un simulacro.
Queremos aparentar lo que no somos, mostrar lo que no tenemos.
Para ser verdaderos, precisamos retornar a nuestro
verdadero origen: la fe como respuesta a nuestros cuestionamientos,
a la vida agraria como nuestra verdadera vocación. Seguimos, de
cierto modo, el camino que Eça de Queiroz apunta en su libro A
cidade e as serras (La ciudad y las sierras), cuando un personaje
fastidiado, que vive en la ciudad rodeado por todas las comodidades
de la vida moderna, decide abandonar todo e ir a vivir al campo,
donde encuentra la verdadera paz del espíritu. Es lo que hace Dora,
cuando acepta ir al nordeste con Josué, en este viaje a las raíces
brasileñas y latinas ella acaba entrando en contacto con un lado
suyo que no conocía, que estaba adormecido, suplantado por la salvajez
de la vida en las grandes metrópolis.
Y es allá, en el campo, que parece vivir nuestro
verdadero yo, nuestra verdadera identidad. Y es allá hacia donde
siempre volteamos cuando estamos en crisis a fin armonizarnos nuevamente
con nuestra esencia rural y campestre, o sea, no moderna. De ahí
que las ciudades no son espacios de representaciones privilegiadas,
o, cuando lo son aparecen como ambiente de perdición, de violencia,
de hipocresía. La ciudad moderna, cosmopolita, en el plano de la
representación de imágenes, aun es vista como antinatural. Por eso,
en Central do. Brasil, el Rio de Janeiro es mostrado
como un espacio asfixiante, cenizo, donde imperan las perversiones
humanas.
En El Callejón de los milagros, la
Ciudad de México, una de las mayores megalópolis construidas durante
la modernidad, es totalmente “apagada” de estos trazos modernos:
lo que vemos en la pantalla es un pequeño callejón, habitado por
personas que parecen haber salido de un pueblo del interior. Allá
todos son amigos y se preocupan los unos por los otros. Salir de
las inmediaciones de este pequeño callejón acogedor es involucrarse
en las perversiones de las grandes ciudades: la prostitución, el
abandono, la muerte. Eso porque el ideal de la “buena ciudad” es
aquella pequeña, tranquila, de casas bajas y calles estrechas casi
sin pavimentar, donde todos se conocen por su primer nombre, conocen
a las familias de los otros. En fin, las ciudades que vemos en los
filmes tanto “nuestros” como “de ellos”. Y es casi sin ley y con
reglas establecidas apenas por la moral y por las costumbres que
gustamos de vivir nuestras vidas.
Por otro lado, es justamente con esa nuestra forma
de acción que reiteramos nuestra inventiva, nuestra creatividad,
pues nuestra mente no está apegada a patrones rígidos de comportamiento.
Nuestra lógica es otra, y es ella la que nos permite esquivar las
reglas y sobrevivir dentro del mundo moderno, sin renunciar totalmente
a nuestra matriz de identidad, cultural e histórica.
En nuestros filmes esta forma latina de vivir y sobrevivir
en dos mundos aparece de un modo aun más claro. Es Dora sobreviviendo
como escritora de carta para analfabetas en medio de una gran estación
de trenes; es el camionero que echa un sahumerio a su camión; y
es doña Cata dando tés milagrosos para sus clientes. Intentar actuar
de un modo distinto es atorarse como el personaje burócrata de Guantanamera.
La búsqueda de Adolfo por la nacionalización del
proceso funerario acaba siendo errado, y él entierra un difunto
en lugar de otro Además de las complicaciones administrativas que
la acción de su mente racional y fuera del lugar genera, él todavía
acaba solo, abandonado por la esposa (que se queda con el latin
lover) y por las personas que oían su discurso, proferido desde
la cima de un montículo, pues el solamente conquistó la antipatía
por pretender ser tan “derecho”.
Podemos decir, por lo tanto, que en la creación cinematográfica
hay procesos puramente racionales (la elaboración del guión, la
administración de la producción, etc.), el resultado de estas acciones
es un producto que no se reduce a ellos. El filme, por ser producto
de un equipo, tiene impresas las marcas de estas personalidades;
por ser un producto cultural, está impregnado del imaginario de
la sociedad que lo construye.
Es a través de estos embates entre lo individual
y lo colectivo que en la elaboración de los filmes que las tensiones
traspasadas al campo de las representaciones de este grupo se tornan
más visibles, como traté de demostrar con este breve análisis sobre
aquellos tres filmes. Al final, regresando a Marc Ferro, las imágenes
captan más de lo que los grupos gustarían demostrar sobre sí mismos.
Ellas captan lo visible y lo invisible de las sociedades.
*
Este
artículo fue publicado originalmente en portugués en la revista
Sessões do Imaginário,
n.7, dez. 2001, revista de cine editada en Porto Alegre (RS, Brasil),
por la Universidad Pontifícia Católica de Rio Grande do Sul, a quienes agradecemos, junto a la autora del artículo,
su generoso permiso para la traducción y reproducción del mismo.
Notas
- FERRO, Marc. Historia e cinema. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1992.
- La cuestión de los estereotipos culturales que son creados y administrados
por los Estados Unidos en nombre la buena comprensión y aceptabilidad
de los filmes y tratada por: ORTIZ, Renato. Mundializazao e cultura. 31 reimpressao. Sao
Paulo: Brasiliense, 1998.
- Ver: Fantasia de Brasil. Carta Capital, p.64-66, 4 jul. 2001
- Es interesante ver el análisis de Sergio Buarque de Holanda en Raizes do
Brasil, donde el historiador intenta explicar las dificultades
de criarse en una civilización (moderna) en el país en función
de nuestras raíces ibéricas.
- PEREZ, Joseph. Mundo hispánico y modernidad. In: LA LATINIDAD y su sentido
en América Latina. México: Universidad Nacional Autónoma de México,
1986. p. 79.
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v.5. Podo: Imprensa Nacional/Casa da Moeda, 1985.
- BOLLE, Willi. Fisiognomia da metropole moderna.
- CAETANO, Maria do Rosário. Cineastas latino-americanos: entrevistas
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