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EL HOMBRE QUE COPIABA
Marcelo Janot
Ciudade de Deus (2002), Carandiru
(2003), y Madame Satã (2003)
han sido recibidas como exponentes de un nuevo cine brasileño,
preocupado por reflejar el abismo social que se ha establecido
en sus centros urbanos. Cada uno de estos filmes, a su modo,
apunta hacia una realidad de violencia que parece estar lejos
de una solución. Ya que son ficciones construidas sobre
episodios verídicos, estos filmes ganan una fuerza documental
y en algunos ámbitos se les critican sus opciones estéticas
—muchas veces polémicas—, como es el caso
de Ciudade de Deus.
La relación entre O Homen que Copiava
(El hombre que copiaba) y las obras
antes citadas puede parecer mínima. Al final, el director
Jorge Furtado emplea un tono casi de fábula, y de una
trama aparentemente absurda, acaba surgiendo de entre todos
los filmes recientes como el más fiel espejo de la realidad
social brasileña contemporánea. Esto es algo que
se podría esperar de un cineasta que en 1989 dirigió
el que es considerado el mejor cortometraje en la historia del
cine brasileño: Ilha das Flores,
ganador del Oso de Plata en el festival de Berlín, opera
prima que narraba el ciclo de un tomate desde los campos de
plantación hasta los fétidos depósitos
de basura donde seres humanos se alimentan de restos de comida
considerados impropios hasta para los puercos. La estructura
circular y fragmentaria de la narrativa, que hacía un
collage de distintos signos, terminó siendo la marca
registrada de Furtado. Sin la oportunidad de dirigir un largometraje,
debido a los años difíciles vividos por el cine
brasileño durante la década de los noventa, él
prestó su creatividad como guionista a la televisión,
revolucionando el lenguaje hasta entonces conservador de las
miniseries y los programas especiales de TV Globo.
Con la recuperación de la producción cinematográfica
brasileña, el esperado debut de Furtado como director
de largometrajes pudo finalmente ocurrir. Primero como un singular
filme adolescente, Houve Uma Vez Dois Verões,
donde tras una aparente falta de pretensión se reveló
una visión precisa sobre un universo comúnmente
retratado por el cine con estereotipos. Y, finalmente, con O
Homen que Copiava, donde retoma las características
más marcadas de su cine de invención.
El título no sólo se refiere al operador de una
fotocopiadora que protagoniza el filme, sino también
a quien está tras él: el director Jorge Furtado
es el hombre que copia, el que lo hace de forma asumida y con
propósito, sin ningún recelo a ser acusado de
plagio. El copia o, mejor aún, reprocesa innumerables
influencias artísticas, literarias y cinematográficas,
que van desde Shakespeare hasta Xavier Maestre, pasando por
Murnau, Hitchcock y sus propios filmes anteriores.
En una entrevista concedida al sitio oficial del filme, Furtado
declaró que cuando escribió el guión no
había visto aún Krotki film o milosci
de Krzysztof Kieslowski, que tiene diversas semejanzas con O
Homen que Copiava. Para él, la invención
de un enredo completamente nuevo es imposible, todo está
referenciado a otras cosas. El secreto está en la forma
de juntar estas referencias tan diversas, en darle adhesión
a elementos tan dispares, para formar un producto sólido
y con cohesión.
El exceso de citas y de formato cinematográfico no desvía
el punto focal de las tres grandes cualidades presentes en toda
la obra de Furtado: el ingenio del guión, la humanización
de sus personajes y la discusión ética que suscitan
sus filmes. Los personajes André (Lázaro Ramos),
Sílvia (Leandra Leal), Marinês (Luana Piovani)
y Cardoso (Pedro Cardoso) son antihéroes quienes, abandonados
a su suerte por una estructura social que no les da oportunidad
de ascenso, establecen su propio código moral que justifica
sus actos. Falsifican, roban y matan. Sin embargo, en ningún
momento cuestionan la legitimidad de sus actitudes. Jorge Furtado
también evita juzgarlos. Son pocos los personajes del
filme, aun los secundarios, que no sean culpados por algún
delito moral. Luego, en esta visión pesimista de una
sociedad donde todos parecen estar corrompidos, lo relativo
de esos crímenes impone un conflicto ético que
se extenderá hasta la interpretación de cada espectador.
En el cine de Furtado sobra espacio para lo fuera de lo común,
y eso es lo que hace tan especiales sus trabajos. Puede iniciar
el filme con casi media hora de narración en off, para
alienar al público y arriesgar su fastidio. Cuando el
filme encuentra el camino de una narrativa más convencional,
poco después ésta será subvertida otra
vez.
Dentro de esa lógica particular, y a partir de un experimentalismo
que en ningún momento cede a la comunicabilidad, como
un cuento de hadas moderno, O Homen que Copiava
va tocando temas fundamentales para la comprensión
de lo que es un joven brasileño de clase media baja en
la actualidad: la falta de perspectiva profesional, la falta
de estructura familiar, la dictadura del consumismo y la revisión
de los conceptos éticos. La influencia del medio en el
destino de los personajes es determinante, pero como estamos
hablando de un filme de Jorge Furtado, las cosas nunca serán
tan simples. El destino siempre es tratado como un elemento
clave en sus filmes, y aquí el libre albedrío
y el sincretismo religioso chocan de frente para embrollar más
nuestras conclusiones.
Marcelo
Janot es el presidente de la Associação
de Críticos de Cinema do Rió de Janeiro, la sección
brasileña de la Fipresci (International Federation of
Film Critics). Crítico de cine desde 1992, trabaja desde
hace seis años en el Jornal do Brasil. En 2002 fundó
el sitio web Críticos.com.br (www.criticos.com.br).
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| Lázaro Ramos y Leandra Leal en El hombre que
copiaba |
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El hombre que copiaba |
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